miércoles, 19 de agosto de 2015

PREMIO FINALISTA RELATOS DE TERROR DONBUK


 Y AHORA… ¿QUIÉN SE ATREVE LLAMARME CERDO?

 

Debo de ser un cerdo, porque siempre me han dicho lo mismo, “Eres un cerdo”, “Eres un cerdo”, hasta que me resonaban los oídos.                                                    Desde niño en el colegio…los oía , una y otra vez, en la cara, a mis espaldas, insultándome por los pasillos, en la biblioteca, en los recreos. Hasta delante del Director, que, quejándome yo de ello, me miró con cara de lástima y dijo para empeorar aún más la situación;

-Es que pareces un cerdo.
Y no sé si lo era o lo parecía. Pero sí sé que me tiraba más un bocadillo de tortilla que un amigo . Quizás, no lo sé ,porque nunca estuve en esa situación, pero si me hubieran dado a elegir entre mi madre o una enorme hamburguesa, cuando el hambre me hubiera apretado, lo mismo hubiera terminado, comiéndome la hamburguesa.                                                   Sí, ya lo sé, diréis vosotros también que soy un cerdo. No, si no me enfado, si ya sé que esto no tiene nombre, como lo de perder a la  chica de mis sueños, por no querer hacer régimen. O pasar de los amigos y los conocidos, a cambio de apoltronarme en un bar, a base de tapas y bocadillos.                                                                                Supongo que por eso, el día que pasó aquello, yo era el único que estaba en la biblioteca, encerrado a la hora del recreo, con un pollo asado traído de casa y media barra de pan crujiente, escondido, pertrechado y rebosante de felicidad, cuando empecé a escuchar chillidos…                                                                                        Os confieso, que, al principio, me importaron una misma mierda y que conste que uso este argot porque sé que estoy entre amigos. Pero es que en el instituto donde doy clases, de lo que sea a tarugos, que lo más que tienen ganas es de pasarse conmigo, llamándome cerdo, cómo no, y tirándome lo que encuentran a mano, a la cabeza, la verdad es que no conozco muchos a los que les tenga aprecio. Los compañeros, o pasan de mi, como dicen mis alumnos, o me miran por encima del hombro, como si mis 134 kilos, les pesaran a ellos y no a mi.                                                                         Bueno, el hecho es que ese día, que os cuento, estaba saboreando una alita del pollo , estrechándola con el paladar y meciéndola con la lengua, cuando empecé a escuchar chillidos…Ya veis, chillidos en un instituto en el recreo, ¡vaya cosa para sorprenderse!. Al cabo de un rato de seguir escuchando carreras arriba y abajo y de ver pasar al Director con la cara ensangrentada y uno de los bedeles persiguiéndole, como si estuviéramos en vísperas del día Halloween, ya me mosqueé un poco.                                        Eran demasiados chillidos, no como para dejar de comer el pollo, pero casi . La gota que colmo el vaso de mi perspicacia, fueron los golpes angustiosos en la puerta maciza de la biblioteca, donde me había pertrechado y la voz en grito de Susana, la profesora de religión, pidiéndome, más bien exigiéndome, en un lenguaje muy vulgar, que le abriera.                                                                                                                             - ¡¡Maldito cerdo de mierda!!- dijo su voz inmaculada.-¡¡ Ábreme de una maldita vez la jodida puerta !!                                                                                                                               Fue entonces, cuando me asomé por la ventana, que daba al patio y los vi a todos los que conocía... Los alumnos, los profesores, los bedeles e incluso algunos padres, corriendo como locos, de lo que parecía una plaga de locos , que estaban rodeándoles, para cazarlos como sabandijas y atacarles , comiéndoselos vivos.                                                                                                                                      Como estamos en confianza, no os negaré que la visión me dio incluso más hambre , porque tendríais que haber visto aquello …No sé lo que serían aquellas personas, pero ..con qué ansia y con qué gusto se deleitaban con la comida.                                                                                Tanto es así que me quedé atónito mirándolos, atrayendo la atención de uno de ellos, que gimió al ver mi oronda figura, asomada a la ventana . Gracias tuve que dar a la neurosis del director, que había soldado rejas metálicas a todas las ventanas, para prevenir incidencias, robos o desmanes, porque me brindaba una seguridad muy estimada. Si no hubiese existido, ese padre que creí reconocer como el portavoz del AMPA, con su bigotillo ralo y su voz de pito, que saltó como gamo loco y se encaramó a las rejas rugiéndome, me hubiera devorado.                                                                                                                El corazón me latía a cien por hora. El tiempo se hizo nada, agarrada mi mano a la alita de pollo , chorreando aceite hasta pringar todo el suelo.                                                   No os puedo decir cuantos minutos pasaron, desde que vinieron a buscar a la profesora de religión, que me maldijo, creo recordar en cinco idiomas, empezando por el arameo . Luego, se empezó a escuchar el silencio, para dar paso a una calma que me incrementó el hambre atrasada, doliéndome de no haber preparado más comida, para una eventualidad como aquella.                                                                                                                                            Si os diré que empecé a cogerles afecto, porque eran como perros bien entrenados a la caza y captura de comida. Al írseles acabando, al igual que me ocurría a mí, se volvían más frenéticos, más hostiles, arañando las rejas de las ventanas en las que se habían encaramado, a pesar de ser un segundo piso y golpeando la puerta, con sus manos manchadas de sangre ajena.                                                                                                    Al tiempo, empezaron a desfallecer, quedándose lacios, como marionetas sin dueño . Yo, en cambio, sentía una fiera interior devorándome por entero, que me hizo tomar una escoba y privarla de su cabeza, puntearla con un golpetazo de tacón , para ir en busca de comida, con la que sobrevivir, a lo que parecía una terrible epidemia.                      Solo fue salir, ya uno se me echó encima, derribándolo en el suelo, alzando una mano como en señal de paz, para que yo, con el tacón de mi bota, la aplastara, sintiendo el crujir de las falanges de los dedos que me recordaron al pollo bien asado.                                          Corrí ,como pude, con mis cientos de kilos, balanceándoseme la barriga, como una cestita sin relleno, hasta llegar a un pasillo largo, vacío, donde se veían rastros de sangre y piltrafas de carne por doquier, pegados a marcos, suelo , paredes y techo.                                                                                                  Eso, lejos de revolverme el estomago, enjugó mi sistema digestivo y empecé a salivar como un perro y fue entonces, justo entonces, cuando me lo encontré a él…                           Era el bedel borrachín y descerebrado, que siempre se metía conmigo, solo que ahora no tenía labios sobre los que verter la cerveza, porque algo o alguien se los había arrebatado, dejando al descubierto, unos feos dientes, llenos de sarro, en los que sobresalían cachitos de sonrosada carne.                                                                                                                           No sé lo que ocurrió conmigo, si fue su cara de idiota que me recordaba tantos malos ratos o fue mi hambre insaciable, pero me abalancé sobre él y empecé a morderle. El intentaba atraparme, pero estaba blandito como una madeja de lana desenrollada y en cambio yo, tenía fuerzas nuevas, que me nacían del olor que desprendía a comida en estado puro...Sangre fresca y vísceras desconocidas.                                                         Se me vino a la mente sus risas contenidas cuando entraba en el instituto, "Buenos días, Marcial", le decía yo respetuoso , que mi madre me había enseñado que los niños bien educados deben de portarse bien.                                                        Pero él se desternillaba de la risa, en cuanto yo pasaba, señalándome y haciendo gracietas que pasaban de él a los otros bedeles y después a los chicos que me coreaban el paso, cantándome..."Cerdo, eres un cerdo".                                                                          Una mañana, harto de aguantar,fui al despacho del director y se lo conté todo...Estaba echando balones fuera, cuando llegó la profesora de religión, Susana, casi tan gorda como yo, pero con tacones de aguja en los enormes pies.                                                       -Es que a veces , no digo yo que lo seas...- dijo con su voz enlatada en falsedad.-...Pero pareces un cerdo.                                                                                                   Estallé como un loco y les amenacé a los dos con irme a Consejería de Educación y buscarles la ruina, pero tres meses después y con una carta certificada en las manos, en la que me pedían datos y más datos, testigos y normativas, seguían llamándome "cerdo" cada vez que me veían.                                                                                         -Buenos días , Marcial- le dije, mientras le apartaba la cara con mi mano derecha, para verle las orejas delgadas y cartilaginosas, que mordisqueé hasta saciarme, primero con una y luego con otra. Luego seguí con los cachetes, luego con el pecho, para ir  saciando mi apetito con su cuerpo, dejándolo bien quieto en el suelo, luego de hacerlo…                                                                                                                         Durante horas después de aquello me sentí mal, porque la digestión de lo crudo no era precisamente a lo que mi estómago estaba acostumbrado. Medité mucho pensando en las consecuencias que tendría que los cocinase primero. Pero dado que la cocina quedaba en la primera planta que estaba infectada por ellos, creí lo más conveniente pertrecharme en la biblioteca y salir de vez en cuando a cazar.                                               Me tocó un día el premio gordo de encontrarme a Susana mirándome con su cara de voz enlatada, sin tacones, ni reglamentos.                                                                                               Me deleité en ella, como ella lo había hecho conmigo, desgarrándole los párpados y separándoselos de los ojos que miraban con desprecio.                                                                                              -¿ Ahora soy un cerdo?- le preguntaba mientras me la comía y ella gemía, por esos labios destrozados que le caían sobre la barbilla.                                                                                                      Mucho tiempo después, llegaron ellos y me descubrieron, escondido en el cuarto de las escobas, que era mi almacén de cuerpos mutilados.                                                             Tuve que hacer un gran esfuerzo para que no vieran lo que había allí dentro, porque supe que no lo entenderían. Nadie en toda mi vida me había entendido.                                                                                                                      No daban crédito a que hubiera sobrevivido. Era el único de todo el instituto, con más de 300 almas, que habían desaparecido, como si lo que ellos llamaban "la plaga" las hubiera hecho desaparecer.                                                                                                          - Es un ansia de comer que les lleva a cometer locuras, a matarse entre si, para devorarse y devorar a todo el que encuentran en su camino- me dijo un militar mientras me llevaban entre varios, custodiado con escudos y metralletas.                                                                 -Se cree que ha empezado aquí mismo- me dijo ese mismo militar subiéndome a un coche y llevándome hasta un helicóptero.-Pero se está desbordando porque es muy contagios... Solo te muerden ya te contagias y estás perdido.                                                                                                                                                               No quise contarles mi secreto. Ya lo sabrían ellos...Los primeros, esos, que ahora me llevaban en un helicóptero, hasta el hospital más cercano.                                                          - Sí , se sabe ya el origen del brote...-escuchábamos por la radio que llevaba el militar.-....Es una mujer de unos setenta años...Sí ha sido eliminada, pero ha infectado a ...                                      Entonces recordé cómo sabía de bien, a pesar de ser tan mayor.                                                                                   "Cerdo, cerdo", me había insultado antes de irme al instituto, por coger medio pollo asado y una barra de pan, recién horneado.                                                                          - ¡¡¡Ya estoy harto, mamá!!!- le dije empujándola contra el suelo, mirándole los ojos ahuevados y esas arrugas que le colgaban de los antebrazos.                                                  Fue en el primer sitio donde la mordí, con todas mis ganas. Un mordisco por cada insulto. Una dentellada por cada falta. Así sin darme cuenta, me marché feliz al instituto y me metí en la biblioteca, a comerme el medio pollo asado y la media barra de pan. Justo hasta que empezaron los chillidos y luego llegaron esos militares que sobrevolaban una ciudad que ya no era la misma porque la fiebre alimentaria había estallado y todos tenían el mismo apetito que yo.                                                                  Menos esos, que ahora miro con codicia de cuerpos nuevos, narices cartilaginosas, labios carnosos,caderas y muslos fibrosos . Mientras mi boca saliva de nuevo, como la de un perro, porque  ahora sé , por fin, porque me llamaban cerdo, justo , porque me como, hasta mis pensamientos.

                                                                                                                                                




                                                                         

viernes, 14 de agosto de 2015

FINALISTA PREMIO RELATO POLICÍACO SEMANA NEGRA GIJÓN 2015

ANGIOLILLO

 

“El ataúd, a hombros de los migueletes que lo habían custodiado en el balneario, fue llevado hasta su carruaje mortuorio .El féretro era tan pesado que, antes de llegar a la estación de ferrocarril, en la cuesta de la Descarga, fue necesario emplear dos parejas de bueyes para arrastrar el coche fúnebre...

En Zumárraga se celebró una ceremonia religiosa, abreviada por el agotamiento de la viuda, que no consintió en separarse del cadáver y subió al furgón fúnebre, acompañada de fray  Fernando Arguelles, en su viaje hasta Madrid...”.
Leo estos pocos párrafos en las arrugas grasientas del periódico que Manuel, el único guardián que es un poco amable conmigo, me ha traído envolviendo un mendrugo de pan y un arenque. Odió el pescado  y más aún la mentira , que fue por ella y no por otra cosa por la que me hice anarquista , y cuanto más me asquea ,  más se revuelve contra mí, pareciéndome ,ya, que forma parte de mi propia esencia , pero no ,ahora que queda ya tan poco , que el tiempo se me acaba , debo aclarar, aunque para nadie valga lo que sé de todo aquello.
Murió -gracias a mí- como  el héroe que nunca había sido, pues menudo, bisojo y malcarado, poco podía depararle el destino más que pasar a la historia como otro político más de los muchos que en estas tierras ha habido. No tenía nada de especial, aunque eso sí, era trabajador,  de eso no cabe duda,  pues estudié durante días sus idas y venidas, le seguí a casi todas partes, y aún en vacaciones como era el caso, su ritmo era incesante, durmiendo como medio hombre y comiendo como tres, discutiendo  acaloradamente con sus amigos y contertulios, paseando, leyendo los periódicos y aun sacando tiempo para resolver las muchas consultas que por telegrama se le hacían desde Gobernación.
Dije en el juicio que lo había matado como protesta por las torturas a que sometieron a los anarquistas encarcelados por el atentado de la calle Cambios Nuevos, y rápidamente, tomando eco de ello, la opinión pública y los periodistas dieron cuenta de mi  pasado, se me acusó de ser un anarquista místico, preocupado sobre todo por las guerras coloniales que España mantenía con Cuba y Filipinas. En ese curso de alimentar bulos y corrillos callejeros, investigaciones policiales sacaron a la luz que mi verdadero fin era asesinar a la Reina y a su heredero, aun un niño, apareciendo de  la nada testigos que dieron fe de que esas y no otras fueron de mis palabras , y como por casualidad, se me endosaron actuaciones anteriores al hecho declarando gente a la que ni siquiera conocía que había  cambiado mi fin inicial por este otro, quedándome –tras el asesinato- sin hacer nada por escapar gracias a las indicaciones de Nakens , periodista y anarquista,  que tampoco faltó a la cita con la prensa y la popularidad, aunque fuera a costa de la sangre y el nombre de un inocente.
No, cuando digo inocente no me refiero al hecho del asesinato, que es evidente que lo cometí y creo que queda más que probado, pues no sería propio de mi negar que fue mi arma y mi persona la que le arrebataron la vida a Cánovas, sino a la rumorología y descrédito popular que siguieron tras los acontecimientos referidos a mí mismo, a mi pasado o a las motivaciones del acto.
¿No sería un hecho importante referido a la investigación que la víctima ya sufrió anteriormente un atentado en el año 93 del que milagrosamente salió ileso, yendo a morir el asesino en la forma y manera que había previsto para su objetivo? ¿No es en extremo extraño que por declaraciones del marqués de Lema  ya en pleno julio-recordemos que el suceso ocurrió el 8 de agosto-la misma víctima reconoció ante él sentirse espiado? ¿Cómo es posible que ese hombre tan lúcido e ilustre no tuviera una escolta adecuada, cómo que me dejaran acercarme a él con total impunidad, sin sospechar nada de mi aspecto tan diferente al acostumbrado en otros huéspedes del balneario donde ambos nos alojábamos?
Solo días después del hecho confesará Lema conocerme y haberse extrañado- según sus propias palabras- de mi aspecto, pero ni él ni ningún otro hicieron nada por detenerme.
Finalmente, el jefe de la policía del Presidente será cesado y la tierra removida aplastada, cuadrarán pruebas y los testimonios confirmarán lo que ya todos pensaban, que un anarquista más había segado la vida de un político ilustre, de un hijo de la Nación. 
Pero ahora puedo confesar que todos ellos estaban  totalmente equivocados.
Cierto es los periodistas sabían lo de mis viajes a París, que dudaban de que el anarquismo español hubiera dejado que un italiano como yo hiciera el trabajo sucio por ellos, que la conexión con Cuba y Betanzos había muchos a los que no les cuadraba, pero aun así, o tal vez porque lo más fácil era dar carpetazo cuanto antes al asunto, se me condenó en un juicio sumarísimo a garrote vil. Nadie sospechó de ella y menos que nadie, yo.
Tal vez era demasiado hermosa y joven para parecer siquiera un poco culpable de algo, quizás, su educación, el buen gusto con el que se comportaba o las maneras dulces y suaves la hacían la mujer ideal para cualquier hombre, de cualquier hombre de su entorno se
Entiende, pues jamás nadie en su sano juicio la hubiera emparejado con un truhán como yo, un buscavidas de ideas libertarias que  debía conformarse con pasar unos días prestados con ella en un motelucho pegado al Sena.
Puedo rencorizar mis recuerdos y verla -astuta y cauta-  llegando tapada y silenciosa al motel, desnudarse con timidez y meterse tibiamente en mi cama, diciéndome con voz entrecortada cómo deseaba que él muriera para poder vivir para siempre libre conmigo. Puedo ralentizar mis sentimientos y dejarla parada en mitad de aquella habitación, desnuda y callada, vuelta hacia la pared, enfadada porque no había conseguido un plan para eliminarme. Podría decir que me presionó como solo una persona fría y sin corazón puede llegar a hacerlo, ”Michele que no puedo más”, ”Michele que me asquea solo de mirarlo”, ”Michele que te quiero demasiado para tenerte que ver a escondidas”, ”Michele mátale, que nadie más que él merece la muerte”, pero mentiría si no dijera que yo deseaba más que cualquier otra cosa hacerlo, porque la quería solo para mi, sin tenerla que compartir ni con el cielo ni con el infierno.
El día 8 de agosto mi objetivo, el hombre que tenía amarrada a la mujer que yo había jurado hacer libre, fue a misa, regresó al hotel, subió a su habitación, puso un telegrama a Gobernación y reposó algunos minutos.
Pasadas las 12.30 ella le hizo bajar, creo que se encontraron en la escalera con una señora conocida, detalle casuístico que ella era demasiado lista para desaprovechar.
Su marido, como ella bien sabía, era poco dado a los cotilleos ni chismes sociales y  se le adelantó, yéndose a sentar en la galería de arcos que conducía al comedor, que, por estar al nivel del jardín, era el lugar más fresco para leer, que era justo lo que se disponía a hacer.
Tomó asiento, tal y como ella había previsto, al lado de las tres puertas que se abren sobre esa galería. Como era muy miope, se acercaba mucho el periódico al rostro, por lo que no me vio llegar, ni tampoco pudo me, pues ya me había advertido ella de que calzara zapatillas.
Apoyando mi mano izquierda sobre la hoja cerrada, disparé  con la derecha a
Quemarropa, atravesándole la cabeza y levantándole del asiento como si fuera un guiñapo.
Asustado, le disparé por segunda partiéndole la yugular, formándose a su alrededor un reguero infame de sangre. Pero aun así, le volví a disparar, como  ella me había aconsejado, para que no hubiera ningún fallo, entrándole la bala por la espalda.
En ese momento,  debí huir no parando hasta cruzar la frontera, yéndome a encontrar con ella en el motelito del Sena, pero la sentí llegar, sus pasos me anunciaron que estaba cerca y la esperé para que escapara conmigo, sé que fue tamaña locura, pero qué menos se podría esperar de un loco enamorado.
Me mató por dentro, cuando se revolvió hacía mi como una fiera acorralada, me insultó y golpeó, aguantándome para que no huyera, hasta que llegó un Teniente de la Guardia Civil que se me abalanzó por la espalda, produciéndose en la trifulca un disparo más que alertó al resto de la guardia.
Me detuvieron y me condujeron a la cárcel de Vergara como a un animal , mientras Cánovas fallecía .Lo embalsamaron y lo metieron en un féretro metálico, después de que el médico del hotel hubiera hecho lo imposible por salvarle la vida.
Disculpó su poca ciencia -más acostumbrada a malestares sin importancia de ricos y ociosos- diciendo que los disparos eran mortales de necesidad y que sólo la Santa Unción podría llevar alivio a su alma.
Numerosos políticos, incluido Castelar, se presentaron en el Balneario de Santa Águeda, mientras de todo el país, llegaban centenares de telegramas de condolencia.
Parece que miles de personas se congregaron en las estaciones por donde pasaba el tren, y sobre todo por Burgos, Valladolid y Ávila, entrando a los sones de la Marcha Real en la estación de Madrid el día 11 de agosto, siendo recibido por los representantes de todas las instituciones políticas y militares.
En La Huerta se instaló la capilla ardiente, bajo la guardia de los alabarderos.
En el entierro más de quinientas coronas le fueron dedicadas, fueron más de 10.000 los asistentes que le acompañaron al panteón del cementerio de San Isidro, donde fue depositado su féretro. A mí, en cambio, me darán garrote vil en el patio de la cárcel de Vergara, enterrándome en la fosa común del cementerio, aquellas destinadas a maleantes y asesinos, como yo mismo. No me pesaba el engaño, ni me dolía su traición.
Y un momento antes de la ejecución, cuando los disparos de los fotógrafos estallaban cerca de mi cara, lejos de intimidarme, aliviándome de mi soledad, pensé tristemente, que al menos estaría acompañado a la hora de la muerte, aunque por amor no era la forma más adecuada en la que un anarquista elegía echarle un pulso a la vida, sino más bien al lado de su víctima, acribillado por los disparos de los escoltas

Pero no elegimos la forma de morir, y cuando el garrote borró mi aliento la pude ver como el ultimo regalo de la vida, todo lo hermosa que era, rodeada de coronas de flores, en el vagón fúnebre, velando al hombre que yo había asesinado, y dos lagrimas rodaron por mi cara al no poder estar a su lado, aunque solo fuera una vez más.

miércoles, 27 de mayo de 2015

LA MALORA. PREMIADO CON ACCÉSIT DEL PREMIO RELATOS SANTRUTZI





Un borracho vagabundea por calles estrechas y ennegrecidas por la noche y la luz opaca de las farolas. Canturrea bajito para agradar a la mujer que se mece contra su cuello. Para provocar una vez más la risa  apagada que lo ha acompañado, desde que el sol aún brillaba en el cielo. Con cada vaso de alcohol, con cada partida fallida . Sin importarle compartir con él la mala cara de unos naipes que nacieron para arruinarle, para hundirlo más y más en una miseria, a la que ya de tanto conocerle la cara casi se han hecho amigos.
El “gitano” ha jurado por sus muertos matarlo si le vuelve a ver la jeta en su cantina. Sus compinches “los cara sucias” se la tienen bien guardada desde que- tras perder hasta la camisa- se negó a pasarles la mujer, que ahora siente más suya que nunca.
Interrumpe su canto la frigidez de unos neumáticos que chirrían en la viscosidad de los adoquines. Unas luces que ciegan en el acto lo asisten para entorpecer la huida , haciéndola imposible.
Cuando se hace el silencio, una figura embutida en culpabilidad y vergüenza se baja torpemente del coche .Mira bajo sus ruedas para solo ver sangre . Se apresura- temeroso- a entrar de nuevo en su metálica y móvil caja de la muerte y salir raudo, dando marcha atrás, dejando olvidado lo que nunca debió haber sido.
No se ha dado cuenta pero las manos le sudan-frías- y la boca se le seca. En el asiento de atrás, gracias al retrovisor, unos ojos azules en llamas le acechan.
El coche sale de las callejas tropezando con un contenedor de basura, que derrama cayendo toda la podredumbre que su gran boca cuadrada protegía.
Ya en la carretera nacional un control rutinario de la guardia civil le ve acercarse dando volantazos y estando a punto de salirse de la carretera. Le hacen el alto cuando pasa frente a ellos, pero nada parece ser capaz de detenerlo en su loca carrera.
Manolo Gutiérrez –el guardia que ahora corre en su persecución a lomos del viento en su moto - prometió a su mujer tener cuidado y no darle más sustos desde el ultimo expediente disciplinario. Estuvieron a punto de echarlo del cuerpo y de separarlos como pareja. Pero en cuanto nota el cuerpo caliente de la mujer de ojos azules pegada a su espalda como perra en celo, ya no duda en apretar el acelerador para alcanzar a ese cabrito con ganas de marcha.
Es el primero en llegar al coche abandonado ,con la puerta del conductor abierta como pidiendo perdón ,dándose cuenta de que el pájaro ha huido.
La mujer, siempre pendiente de todo, le indica rápida que por los matorralillos bajos que suben por la ladera de la otra calzada, se desdibuja una silueta sombría, acobardada y encogida a la que sigue como halcón. Ya con el arma en la mano y dispuesto a disparar.
Ramón García-el otro guardia- llega al lado del coche del sospechoso cuando en el aire suena un disparo. Es testigo involuntario de la visión ralentizada de su compañero , empuñando el arma que expele humo blanco, mientras un adolescente va cayendo lentamente desde lo alto de la ladera, herido de muerte.
La mujer empieza a caminar sola, carretera adelante sin zapatos. Los perdió en la carrera por el bosque o tal vez en la noche de borrachera, balanceándose como si estuviera borracha- que puede que lo esté- pero en el fondo segura, camino de su casa. No queda mucho trecho de carretera y ahora que ha amanecido el trafico se ha hecho mas fluido. Nadie la recoge a pesar de que enseña las flacas piernas y guiña los ojos azules, permutados en seda.
Ya entra en el pueblo, cruzándose con los primeros madrugadores. El panadero –para el que ya es tarde porque su horario es al revés- y las mujeres que van a la fabrica de harina que hay en las afueras. Se detiene cerca de la Paca, una mujerona metida en años y kilos, pero de ver aflamencado, que la hace guapetona y risueña, para darle de soslayo un beso, que la otra se limpia-sintiéndolo- como si fuera el cagajón de un pájaro.
Sin fuerzas casi para llegar a su casa , se deja caer en el interior del kiosko del Lucas que hasta las nueve y media o las diez no abrirá, para empezar a pregonar el número de la suerte del día.
Mientras la mujer duerme tranquila , enroscada como una pescadilla en el interior acristalado y festivo del kiosko de la ONCE, su hermana se dispone a desayunar en la calle como hace todos los días. Se dirige a la cafetería de la plaza, que a estas horas , de seguro ya habrá abierto, para degustar junto con los clientes habituales un cafecillo bien hecho y unas porras, enormes y bien fritas.
Esta mañana se sienta en la mesa de Tadeo , el pintor de brocha gorda que por las noches crea versos encendidos por los que nadie , ni tan siquiera él, daría una peseta. El muchacho le sonríe con la esperanza franca que tiene el artista en encontrar en algún lado la inspiración y mirándola saca un papelón arrugado del bolsillo, en el que desgarra versos con una lápiz de carbón afilado.
El camarero que pasa por su lado, se sonríe a su vez confiando ciegamente en el número que guarda en el bolsillo del pantalón. En la magia que le puede conducir lejos de aquel pueblo, que él ha visto nacer pobre y harto de trabajar .
La figura enorme y apechugada de la Paca, ensombrece el sol que entraba por el marco de la puerta. La mujer se siente mal y ha acudido allí en busca de un cafecillo que le procure la reparación a ese cáncer oculto y traicionero, que le cosquillea bajo la piel y que según el medico de la Seguridad Social , no sabe cómo hace años no acabó con ella.
-Sabe usté por qué-le dijo ella parada, medio desnuda en mitad del consultorio,desafiándolo con la mirada de leona enjaulada-Porque no me da la real gana, por eso, porque mi madre me parió para luchar y lucharé hasta con María Santísima,Dios me perdone(se santigua)pero esto no va a quedar así, no señor.
Y el medico la ve marchar con paso firme, seguro, asombrándose de su genio pero envidiándola en el fondo.
La mujer que ha visto entrar a la Paca, reconoce en su mejilla la marca de su hermana, medio enchurretada y viscosa como si alguien la hubiera intentado borrar. Por lo que se dirige rápida hacia la mesa donde la flamencona descansa,cómo es ella, dando gritos y llamando la atención, para darle un beso donde antes se lo diera su hermana y abrazarla intentando infundirle un poco de su calor. 
-Ay, Nicasio, chiquillo, no sabes tú cómo me sienta de bien a mi este cafelillo que tú me has hecho-dice en alto la flamencona, moviendo los dedos ensortijados y las doradas muñecas. Afirmando con su arte que toda ella es prodigio de cantes milenarios y ojos morunos y negros.
Es temprano y hay que ir a trabajar. Pero a la Paca se le enreda una copla en la garganta y con palillos y taconazos la va desgranando por el local que perfuma su aire de cafetales lejanos y frituras de porras,  que paladean aceite churrascado en la freidora vieja del rincón.
En el Kiosko de la ONCE , se despierta la mujer dormida de mal genio y peor razón. Los ojos azules le chispean de negro , de tal forma que cambian el iris  a color de muerte.
Se dirige rápida, a zancadas, al cafetín donde ya siente la presencia de su hermana.
En el trasiego de atravesar la calle no mira que el joven Pedrito, el hijo del boticario, aquel que tuvo después de años de ir de un médico a otro a Madrid, cuando ya casi su mujer podía haber sido abuela,va en su bicicleta, en dirección al colegio dos calles más abajo.
La mujer ,que invade el espacio que estaba libre hacia un segundo para el chico, le da un empujonazo que cimbrea la bicicleta y a su ocupante, llevándolo a caer de espaldas con las piernas levantadas , golpeándose la nuca certeramente con el bordillo de la acera.
La gente -que en ese momento por allí pasaba -se acercan rápidos, gritando alarmados por la sangre que mana de la cabeza del chico. Pero la mujer no se detiene ni a mirar. Ella tiene una cita segura en el cafetín con su hermana gemela.
Pero solo ha puesto un pie dentro del salón ,cuando su hermana, parece que oliéndola o presintiéndola, ya sale de estampida por la puerta de atrás ,dejando tras su fuga un olor a lavanda y romero que impulsa a Paquito -el chaval que lava los platos- a llamar por teléfono al hombre que le propusiera días pasados abrir juntos un bar a las afueras del pueblo.
La Paca ya no canta, porque de momento se le secó la boca y las ganas de juerga. Yéndose a pasos acelerados al tajo , donde hoy,  de seguro, le llamaran la atención por su tardía.
-Pero bueno,mujer de Dios-le dirá el encargado que es un ave de mal agüero y un malaje-No sabe usté que está aquí medio por caridá. Pue no venga encima tarde...
Y la Paca se tendrá que callar la boca que le arde, con la mente puesta en sus hijos, que quiere que estudien y no sean unos burros de carga como ella. No va a contestarle que a las jóvenes y bonitas buena licencia que les da para faltar todo lo que quieran , y a ella ,en cambio,que es mayor pero bien lucida, pero que ni muerta se deja meter mano ni arrumacarse con nadie desde que murió su pobre marido, bien que la explotan por las pocas pesetas que a fin de mes le dan.
 En la puerta de entrada se cruzan la Paca y la mujer y ambas a dúo,como en un improvisado ballet gestual, levantan los morros y ahuecan las narices. La primera doliéndose del mal que la matará tarde o temprano y como presintiéndolo en el aire fresco de la mañana. La otra, queriendo descubrir a su hermana,que huye dejando atrás la lavanda y el romero que atufan,dando arqueadas, a su gemela.
En el viejo televisor del bar , se mecen grisáceas las imágenes de una catástrofe mas de las tantas que miramos sin verlas. Niños llorosos y mujeres mal vestidas , con el alma a jirones, hablan sin que nadie los escuche, más atentos los pocos clientes que a estas horas asedian el bar en ver salir a la Paca,con la barbilla erguida y las penas a cuestas.
En casa del boticario todos son gritos y lloros. La madre clama al cielo pidiéndole cuentas de tanta desgracia,mientras rebusca en un viejo arcón , ropa negra con que cubrir su dolor , antes de acompañar al hijo que tanto deseó , por última vez. En un rincón de la salita de espera, aquella que se habilitó para entretener a las visitas de postín mientras los señores salían, llora muda y desconsolada,la Tata Dolores. Casi crió a la teta al chiquillo, siendo sino mas madre que su propia madre , sí una madrina consentidora y amiga. Conversando con ella,sentada en la sillita de palo fino recubierta de dorados,está la mujer que fue a entrar en el cafetín y se acordó que la esperaban en aquella casa, maldiciendo su nombre y llamándola a gritos. Ambas se entienden como solo dos mujeres gastadas en la vida y resabiadas en los malos amores, pueden llegar a hacerlo.
La Tata Dolores se crió sin padre,  porque se lo arrebató una inundación que le sorprendió dormido,enredado en los brazos de la mujer que ahora conversa con su hija. A la niña,entonces poco mas que una pimientilla, la sacó por una ventana mal cerrada, la gemela, usando la corriente de una avalancha de agua,que la depositó, mojada y asustada, pero viva , a más de dos kilómetros de su casa.
-Esta vez también has sido tú...-le dice con amargura la tata Dolores a la Malora.
Ésta asiente con desgana, sabiendo que lo suyo es mas un trabajo vocacional que casi nadie entiende más que como una condena sin culpa.
-El crío se te cruzó en el camino...sigue reflexionando la tata en voz alta, para intentar calmar un dolor que le ahoga el pecho....como se te cruzó mi padre y mi Fidel, a lomos de su tractor...
La Malora recuerda en un instante fugaz a Fidel. El campesino que trabajaba con esmero sus tierras, amando a la Tata más que a su propia vida. Para ella no es m´ss que un rostro que se pierde entre tantos de hombres, mujeres y niños a los que conoció sin sentirlos ,compartiendo por un instante camino parejo, hasta segar su vida. Sin notarlo, solo aspirando su esencia.
La Tata se levanta de un salto para agarrar la cara, siempre tersa, de esa mujer maldita que tanto daño le ha hecho,intentando atrapar su cuello y apretarlo con fuerza, pero el color se le va , ausente, de su cara, y parchones rojos renacen en su espera.
“La boticaria” -ya enlutada y seca de lágrimas- encontrará a la Tata muerta en la salita de invitados. Sentada en su silla dorada, con las manos apretadas contra el pecho y un borbotón de babas prendido en los labios amoratados. Sin notarla , a su lado, una mujer pálida y ojerosa la saludará con un “buenas”, mientras se le nublan los sentidos y pierde la razón.
Al día siguiente, bien de mañana, lo mejorcito del pueblo se ha engalanado para despedir al niño y a su tata. Al hijo del boticario y a la Dolores ,que por expreso deseo de la señora , yacerán juntos igual que una familia,como ya lo hicieran en vida.
Al pasar frente al cafetín, la gemela de la Malora,que siempre está allí por aquellas horas, se acerca a “la boticaria”, quien su marido, con gafas negras y ojeras moradas, sostiene como si de una niña pequeña se tratara. Posa un beso en su frente y tan suavemente como el aleteo de un colibrí, le toca el bajo vientre, dándole un calor nuevo y festivo que hace que la mujer abra la boca , como un recién nacido al aire fértil de la mañana.
Semanas después , en la consulta del único medico del pueblo, sabrá “la boticaria”que un milagro en su vientre se ha producido. Un nuevo hijo viene a su hogar, no en lugar del que se fue, que nunca será olvidado , sino a segar un poco el dolor que su madre siempre sentirá por su ausencia.
La Malora que odia a su hermana a muerte, desde que nacieron con igualdad de cuerpos pero contrariadas de sentimientos y razones, no se atreverá a acercarse a esta mujer encinta, ni a su casa, pues su gemela pintará la fachada de la casa- blanqueada y bajita- de jazmín y albahaca,de cilantro y hierbabuena, proveyendo sus malas artes.   
En cambio, sí se dejará caer por casa de la Paca, con la que luchará a muerte durante meses, postrándola en una cama de dolor y agonía.
-A mí llévame si quieres-le dirá la mujerona con sus ultimas fuerzas, aún los ojos negros y morunos encendidos. -Pero a estos-señalará a sus hijos que lloran sintiendo los desviaros finales de su madre-ni me los toques.
-Si no puedo mujer,acaso no sabes que ellos han sido tocados desde su nacimiento por mi hermana(escupe al suelo con asco)
"El mayor...",señala a Juan Luis. Con catorce años es un joven fuerte y alto,de ojos despiertos ,ahora enrojecidos por las lagrimas. "...Será el próximo médico,cuando el botarate éste",indica al medico del pueblo,que llora en un rincón de la habitación, "con el que tanto he luchado, me encuentre tras celebrar el bautizo de uno de tus nietos".
La Paca respira trabajosamente, haciendo un esfuerzo en el que le va la vida. Se diría que intenta avisar al médico al que tantos cuidados debe. Levanta una mano hacia él , que cae porque sabe que es imposible, que lo que ha de ser de seguro será y sigue escuchando a la Malora que se impacienta , con sus ademanes sin futuro,sus ojos luchadores y su negación a dejarse ganar.
"La niña",mira de soslayo la Malora a una cría que no tendrá más de nueve años ,"será maestra,se casará con el chico que ahora lava los platos en el cafetín,que se hará muy rico gracias a la intervención de mi hermana(vuelve a escupir al suelo)y tendrá muchos hijos, incluida una niña de ojos morunos que llamará Paca, como tú".
La Paca, llama a sus hijos para que se acerquen más a su lado, pues ya siente el frio de la muerte. Abrazándoles, les aconseja por ultima vez:
-No dejéis los estudios por nada del mundo...Ya he llamado a mi hermana para que venga a buscaros. No os preocupéis si no viene , que alguien de aquí se hará cargo de vosotros, que en este pueblo hay muy buena gente...(Tose y un borbotón de sangre negra mancha las sábanas blancas con su presencia)
-No siga usted Paca-le dice el médico acercándose a ella y alejando con su presencia a la Malora que no lo puede resistir-No se preocupe usted por nada, que a estos chicos entre todos los sacaremos adelante.
El aire se llena de olores a hierbabuena y a lavanda, a cilantro y malvasía, y la Malora se ahoga y escapa,convirtiéndose en una sombra negra que huye por el hueco de una ventana mal cerrada.
Afortunada, la gemela que comparte cuerpos pero no razones con la Malora, se sienta en la cama, abrazando a la enferma. Mira a los ojos del médico,enamorándose como hace años, un poco mas de él, y besa en las cabezas a los niños a los que ha protegido desde su nacimiento.
Paca se duerme en paz, con las manos prendidas en los suyos, feliz cómo nunca lo ha sido porque con la llegada de Afortunada ha podido ver a su hijo-con la cara manchada por la barba y las arrugas- en el consultorio del doctor y a su hija-con los ojos valientes como los suyos- de maestra y madre de una gran prole.

Mientras tanto en aquel mismo momento, a muchos kilómetros de allí, Manuel Gutiérrez, se enfrenta al juicio por presunto homicidio, sentándose al lado del fiscal la mujer que cabalgaba a lomos de su moto, la noche que perdió la razón mirando sus ojos sin vida.      

jueves, 23 de mayo de 2013

SOBRES SUS LOMOS HE CABALGADO PREMIO DE NOVELA JUMILLA


capítulo primero.

Poco os podrá decir mi nombre, pues ninguna gesta digna de ser mencionada ni recordada he acometido en 

los años de vida que tengo, más os lo digo, de cualquier forma, pues poco entenderíais mi relato si no sabéis 

bien quién os lo está contando. Siendo así y que valga para ello la licencia de la que he usado, os diré que 

por Santiago me bautizaron y por ese nombre me llaman, las más de las veces, todo sea confesado, casi 

siempre para maldecirme y casi nunca para regalarme de elogios, que son muchos los oprobios que causo y 

pocas las dichas que doy.

No soy mas que mitad de huérfano y un mucho de pícaro, pues qué otra cosa se podría ser en esta España que nos seca con sus guerras sin fin y sus muchas penurias.
Con todo,  no puedo quejarme,  pues techo sobre el que recostar la cabeza al caer la noche nunca me ha faltado y tampoco limpieza de sangre.
No recuerdo a mi padre que murió lejos de nuestra tierra siendo yo muy niño, más sé, por los cuentos que los viejos soldados que lo acompañaron en sus cuitas, que se trataba de un tal Jerónimo Guzmán, soldado aguerrido, de mirada fiera y poco amigo de chanzas y bromas, mas diestro en el uso de la bilbaína al degüello que en el manejo de la espada o el mosquete en la batalla.
De su imagen solo soy dueño en sueños , apareciéndoseme en las neblinas que separan la duermevela de la vigilia  , luciendo toscamente una barba áspera ,negra y cerrada ,  que perfumaba toda la casa ,  desde su llegada ,  del olor agrio ,  de no sé cuantas guerras padecidas.
No consigo discernir con claridad si es cierto que mi padre llegado a nuestro humilde hogar de amanecida o de sobrenoche , siempre con prisas de voz grave, pasos quedos y huidizos , prendido el nombre de mi madre en sus labios, después de beber y comer de lo poco que en nuestra despensa siempre hubo, gustaba de charlar, con la mirada perdida en la lumbre, de los muchos lugares que sus pies habían hollado, de las muchas pocilgas y enlodados donde su alma quedó presa y de los muchos padecimientos que su cuerpo sufrió, luchando en los ejércitos de nuestro señor Don Felipe .
Como os decía, no sé bien, si aquello que tan nítidamente recuerdo, que hasta os podría relatar cuál era el fuego de su mirada o el despecho con el que tiraba al calor de la lumbre una brizna invisible de paja de su sombrero, fue realidad o simple sueño de niño, de niño criado en la calle como tantos otros, siempre a la espera de noticias, zascandileando y languideciendo.
Lo que sí sé   , es que mi padre nunca regresó definitivamente del mundo aquel de los sueños ,  donde yo lo había ido prevaleciendo de las heridas de las guerras, y no lo hizo ,  porque nunca supimos de él ni como vivo ni como muerto, nunca lo pude ver por las calles de nuestra ciudad  , vagabundeando como a tantos otros compañeros suyos, luciéndose de sus heridas de guerra como las galas que era y compadeciéndose en la mirada lastimera de aquellos a los que elogiaba, vituperaba o adoctrinaba ,siempre a la entrada o salida de misa, según fuese el humor y la limosna que se pretendía.
Con el tiempo, llegué a saber mucho de esto que os cuento, pues esa misma iglesia por la que yo perdí mis pasos de zagal, observando con ojos siempre inquietos la realidad que me fascinaba, llegó a ser ,  en cierto momento de mi vida ,  mi lugar de trabajo .
Pero no nos entretengamos ahora en aquella otra etapa  , que  ,  aunque  siendo posterior no por ello menos importante en mi vida , todo sea por llevar las cosas a su justo término y para que entendáis ,  que   , lo que soy o llegué a ser ,  no lo fue ,  sino por un cúmulo de calamidades ,  a las que el destino me condujo.



lunes, 20 de mayo de 2013

VISIBILIDAD


Las enaguas crujen si están bien almidonadas, aunque no se vean debajo de las faldas. Las flores se despiertan al sol cada día, despiden fragancias y se alzan altivas para morir pisadas a ras de asfalto.    El amor nos retuerce las entrañas y nos discrimina y nos exterioriza, cuando lo aceptamos , aunque nos incrimine, porque amamos al que no dictan las reglas .  Pero…¿ quién dictó reglas tan absurdas, como decir quién puede y quién no , ser amado?, ¿qué mano nos golpea , porque le mancha nuestra presencia?, ¿quién nos borra, ignorándonos?, ¿quiénes, son los que nos insultan, y quienes, los que nos desprecian? …Algunas veces callamos para sentirnos normales, en una normalidad que nos ciega, nos ahoga y nos quema.                                                                                                                                       Muchas veces nos vestimos el alma de tragedia griega , de no querer a quien queremos y no gustarnos quien nos gusta, porque no nacimos para vivir en una eterna batalla de dioses paganos, simples mortales, cuando los demás lo tienen tan fácil con solo aceptar que no son lo que son y que no piensan , ni aman , ni esperan , ni confían…Pero todos estamos aquí, hoy, aunque a muchos les duela , y no nos vamos a ir. No vamos a desaparecer en la inopia, ni moveremos un ápice , para retroceder en nuestras exigencias, porque adoramos este mundo hecho a nuestra medida, que nos hace libres, para amarnos como somos. Nos hemos dado cuenta de que estamos hechos a imagen y semejanza de nosotros mismos, de aquello en lo que creemos y de aquello por lo que luchamos y lucharemos hasta el final de nuestra existencia entre iguales, cada uno con nuestras diferencias, almas parejas en un mundo flexible y variable, como la promiscua vida, como la cambiante veleta.

domingo, 28 de abril de 2013

Los jóvenes de la Puntilla


Se levanta un día nuevo, con presagios de bonanza y calor extremo ,en un cielo turquesa y estático que lo envuelve todo.Las nubes, de blanco algodón ,decoran un horizonte que se pierde sin saber donde acaba el mar y donde empieza el cielo.
Es temprano   y los sudores y las prisas  aguardan  tras la salazón que impregnó la noche ,pero aún así, ya ,  los más jóvenes del Puerto( aquellos a los que la vida regaló salud y entereza a raudales a pesar de sus buenos setenta u ochenta años que portan en sus cansadas espaldas ) se dirigen a pasito lento  a la playa de la Puntilla.
Sombrilla en mano , silla a cuestas, gorra, gorilla o pamela ; Con bata o en pantalón corto, barrigones o escuálidos , con mermas de una  vejez que disimularse quiere con ganas y alegría ,con chanclas o en zapatillas de goma, van a la cita ineludible que año tras año tienen con la vida.
Algunos siguen sus pasos solos sin mas compañía que la de sus descalzos pies, porque esa puñetera que es la Canina les arrebató  al compañero que mas querían, dejándolos un poco mas solos y un mucho mas viejos. Pero se repusieron y vivieron para gozar de un verano más sin olvidar al que se fue, pero tampoco dejándose bambolear por los hilos caprichosos del destino.
Los hay que van en pandilla, alborotadores  , con sus risas y sus comentarios festivos.
Y están también los mas afortunados , aquellos a los que la vida aun les permite seguir juntos el camino que alguien trazó en alguna parte para que ellos siguieran ,echándole ganas y animo, entrega y valentía.
Todos van llegando, orquestados en silencio y sin director que los invite , al igual que las gaviotas
,que se posan suavemente tras un tímido aleteo en la dorada arena  , con caras  de reinas perpetuamente ofendidas sin que el viento (  ni el mar ) sepan en que las afrentaron .
La pasarela de madera- que da acceso a un mar tranquilo y sereno- se llena con sus andares tranquilos con sus pasos sabios  , con sus arrugas bien llevadas, transportándonos a un mundo más humano y mejor donde las horas y los minutos dejaron de importar, donde solo están ellos intemporales y eternos ,  como las mejores baladas.
Asientan sus pocas pertenencias en una arena que nunca es fría y se van al mar habiendo despojado antes a su alma de sus vestiduras, yendo como llegaron  , por parejas ,en grupos o en solitario ,  y como las gaviotas se ven , pero no se miran porque se reconocen como a iguales , como una roca a otra roca ,como un dios a otro dios.
Nadan en un cálido mar que los acoge con su tibieza y reposo. En un mar que vio galeras buscando oro y capitanes que morían por encontrar su fortuna. Pisan conchas que son tataranietas de aquellas otras que viajaron a las minas de oro de Guinea, en los vientres fértiles de las Naos . Se cruzan con pequeñas lisas que buscan su ración diaria de alimento ,al amparo de una playa  , libre de redes y de pescadores que las capturen.
Después pasearan hundiendo sus gastados pies en la mullida arena, sintiendo en las pantorrillas el frescor de un agua que activa sus deseos de vivir y ver un verano más y otro y otro. Y con un poco de suerte (solo con una pizca de suerte ) cruzaran sus pasos con los de otros amigos que les ofrecerán sentarse a su mesa y a su mantel donde arrimarán su silla de plástico y su buena voluntad, su apetito y sus ganas para saborear con aquellos que le  sonríen ,  como al joven de alma que es ,  a la espera de una tostada de manteca colorá y un café con leche del termo.

LA ESTIRPE DEL DRAGÓN


Hubo  , en los lejanos tiempos ,un dragón que asolaba campos y aldeas. Se paseaba ,por aquí y por allí, provocando el mas grande de los caos y la mas cruenta de las desolaciones. Incendiaba los campos con su fétido aliento y mataba a doquier ,sin importarle a quien ,  si noble o mendigo, si recién nacido o anciano, si hombre o mujer.
Era tan inteligente y despiadado , que pensaron que sería imposible de vencer , pues aunque los reyes ancestrales se habían aliado para intentar su fin , ni con los mejores guerreros ,  ni con la élite de sus ejércitos ,  lograron superar su astucia y determinación. Mas  , cierto día  , llegó  , de un reino extranjero ,  un asceta, alguien que solo cubría su escuálido cuerpo con una túnica y que portaba  , con descuido ,  un misero zurrón. Los pobladores de aquellas tierras pronto supieron que había sido llamado por el Consejo de Ancianos , muy bien impresionados por sus logros de hombre sabio y negociador.
-¿Pero que podrá hacer un político para solucionar nuestros problemas con el dragón?-se preguntaron ,  pesarosos ,  unos.
-No es un político, es un hombre de paz-contestaron otros ,bien enterados.
-¿Y qué podría hacer un hombre de paz, contra un animal tan destructivo como el dragón?-se quejaron ,no flatos de razón, muchos .
Pero el asceta no escuchaba a ninguno , porque iba camino de la cueva donde moraba el dragón y no detuvo sus pasos hasta encontrar el sitio donde aquel dormía un apacible sueño. Llegado hasta ese recóndito lugar, se dispuso a hablar con el dragón, mas antes, soltó la carga de su zurrón ,justo en las fauces ,ya abiertas y dispuestas a tragárselo, del animal.
-¡Maldito mendigo!-le recriminó la bestia-¿es que acaso me has envenenado?-le preguntó, tosiendo sin parar, privado  , momentáneamente  , de su don de lanzar llamaradas.
-Nada de eso-le contestó el asceta, despojando su cara de la capucha de la túnica-pues solo te he invitado a compartir mi más preciado tesoro
-¿Tesoro?-se indignó aún más el dragón,llorando y sin poder parar de toser ,  por el mucho polvo que se había desprendido –si no ven mal mis ojos milenarios –aseveró-no es mas que basura y podredumbre lo que ahí atesoras ,pobre hombre.
 El asceta, fue escogiendo cuidadosamente entre los muchos legajos y papiros que ahora besaban el suelo pétreo de la cueva y los separó  , con el mismo amor que una madre cubría a sus hijos en la anochecida.
-Mira éste-le decía al dragón-mira que ilustraciones tiene este otro-le indicaba-¡oh, éste es de los mejores!-aseguraba-¡no ,  éste aún más!-continuaba, emocionado.
Y el dragón que nunca había sido tratado así, sin poder salir de su asombro ,  fue mirando lo que se le ofrecía ,  y ni uno ni otro se dieron cuenta de cómo pasaba el tiempo ,suave y dulcemente ,  como solo transcurre cuando dos amigos se encuentran.
Durante mucho tiempo no se supo nada del dragón, mas que de largo en largo era visto sobrevolando capillas o casonas ,donde se decía se guardaban los saberes antiguos, saqueándolas con el mismo afán que antes lo hiciera con las cosechas y las doncellas.
No se preocuparon ni los aldeanos de las cercanías ,ni los lugareños de otras poblaciones ,  mas que cuando fueron desapareciendo personas de las que nunca se volvía a saber nada mas. No eran jóvenes ,ni hermosas, los que nunca volvían, sino padres de familia ,estudiosos ancianos, gente enferma y principales o vasallos, pues de todo se supo que había...No había nada  que relacionase aquello con el dragón, mas la sabiduría popular pronto supo que algo tenía que haber y sin palabras ,pero hombro contra hombro, hermanados como siempre habían hecho cuando algo les afectaba como pueblo ,se acercaron ,hasta la cueva del dragón ,  a pedirle cuentas .Pero ya no era la antigua cueva del dragón la que allí vieron, ni había olores a azufre ,ni ese tufo característico de los animales ,pues había sido sustituido por papiros y pergaminos  , amontonados por cualquier parte, con el olor al papel viejo y nuevo invadiéndolo todo ,con mujeres y hombres, ancianos y niños, sentados leyendo ,  tantos y en tan gran número ,  que los del pueblo quedaron asombrados de la mucha gente que allí se escondía ,en un lugar que siempre habían creído tan pequeño .
“Los hijos del dragón” dieron por llamar a  aquellos que allí se quedaron para siempre ,  perdidos entre pergaminos y papiros ,  y a los muchos que tras ellos, celebraban el encuentro con el conocimiento y la vida a través de unas hojas de papel, a todos aquellos que celebraban el día que el dragón había visto la sabiduría y la bondad gracias al ese hombre de paz, que se llegó a su cueva , gracias a ese asceta llamado Jorge que le regaló la posibilidad de abrir los ojos a la verdad.

lunes, 1 de abril de 2013

LIBERTERA


                                      

 

Tenía cincuenta achacosos años que arrastraba con la misma desesperación que aquel par de chancletas viejas, que ni mi madre ni yo misma, habíamos conseguido que mi abuela abandonara al igual que la obligamos, en pro de la familia unida, a dejar el pueblo en el que nació y al que tanto quería.

Me inundan sus recuerdos al compararme a ella y quedar en tan mal lugar, porque su imagen me llega nítida y esplendorosa, altiva, a pesar de doblarme casi la  edad que tengo ahora. Y en cambio, frente a mi actual laxitud y gordura, me hiere y me enorgullece, al mismo tiempo, su delgadez y actividad desde que clareaba el día hasta que la noche se hundía en lo profundo del cielo.

La revivo siempre vestida de negro, como si todos los trajes fueran una prolongación del mismo. Bajo él, la piel morena, arrugada  hasta el extremo, con surcos profundos que le recorrían la faz de un extremo a otro,  componiendo paisajes imaginarios que me hacían elevar el pensamiento con solo mirar su cara querida.

Presidiendo su estampa, los ojillos relucían inquietos y negrísimos tomando personalidad propia dentro del conjunto, coronado por un moño diminuto y grisáceo, que lograba amansar pacientemente cada mañana sin necesitar la ayuda de un espejo, únicamente, manejando con trabajosa habilidad el poquillo pelo que le quedaba, que como su dueña, se conservaba en un afán rebelde, pegado firmemente al casco, tras pasar por el tamiz de sucesivas peinadas. El resto de sus hermanos, caídos en la batalla, quedaban abandonados en el peine de carey, recordándole a mi abuela que a pesar de la bondad de su salud, la crueldad del tiempo también horadaba en ella.

Yo fui su nieta favorita, aunque la verdad , es que tampoco tenía mucho donde elegir ,  porque salvo mi madre que la arrastró en su desesperación por encontrar el bienestar sin verle jamás la cara allá donde óvanoslas demás hijas la olvidaron  , con la misma facilidad que se olvida todo aquello que dejas atrás  perdido en pro de una mejor suerte. Nunca me premió la vida con hermanos ni hermanas, así que mi abuela acostumbrada a la chiquillería del pueblo  , que solía arrasar su pequeña casita en busca de las galletitas , rosquillos y demás delicias cargadas de azúcar que sus manos expertas de mujer trabajada por la vida , sabían confeccionar a la perfección , buscó en mi ,tras nuestra marcha con ella hacia mejores destinos , la compañía infantil que tan tristemente había tenido que dejar en su pueblo natal.

Siempre me sentí una niña especial, tan mimada y  cuidada por ella, que considero una proeza que nunca haya tenido que visitar un psiquiatra ,aunque por descontado elimino al instante en cuanto surge la posibilidad ,que esa circunstancia haya perturbado mi estabilidad mental ,como el perro Manfredo, como tengo por bien llamar a la bazofia con la que me casé , me acusaba una y otra vez en nuestras comunes disputas a causa de su afición por cualquier tipo de bebida ,droga, o faldas, siempre que no fueran las miasma pesar de ello, como la mente de los humanos no deja de ser un laberinto sin comprensión, algunas veces después de aquellas acusaciones bajunas , pienso si no hubiera sido mejor que la abuela se hubiera quedado en el pueblo , aunque al instante , recuerdo las veces que ella y yo acompañábamos nuestra tristeza y soledad con cuentos que aun atesora mi memoria ,canciones que de haber nacido , habrían acunado a mis hijos y de refranes, dichos populares y lemas ,que tortas se darían catedráticos y psicólogos porque hubieran salido de sus cabezas y no de la de una pobre mujer analfabeta como mi abuela. Tal vez por todo eso, no me extrañó que a su muerte me llamara un abogado para decirme que la pequeña casita del pueblo que tanto había amado mi abuela,  era ahora miaga mi, en aquel entonces, me importó un pepino, tal vez porque era demasiado joven para darle la importancia que el hecho en sí tenía y a la vez, porque la perdida de mi abuela había afectado seriamente mi línea de flotación espiritual, hundiendo mis sueños infantiles de un solo torpedazo.

Al pasar los años, y llegar algo parecido a la estabilidad, me empecé a cartear con un amigo de la abuela, un señor mayor que se quedó encargado del cuidado de la casita tras marchar mi abuela y que se me ofreció con la amabilidad propia de las gentes del sur a hacer otro tanto por mí, si ese era mi deseo.

A lo largo de todos esos años, como si se tratase de una tradición familiar que respetar, el cuidado de la casita fue pasando de padre a hijo. Yo, cuando podía, que he de reconocer que era de higos a brevas, les mandaba algo de dinero para que le echaran encima y les permití, sin reembolso alguno, que la alquilaran a quien ellos consideraran que la iba a cuidar bien, pero por lo demás, nunca deseé ir a visitarla porque pensé que el espectro de mi abuela estaría allí esperándome para reñirme por mi deserción de tantos años.

Nunca me hubiera planteado  siquiera la idea de acercarme hasta aquel lugar perdido en la sierra gaditana, si no hubiera sido por las complicaciones que atravesaron mi vida, convirtiéndola en un infierno del que no sabía cómo salir...Todo empezó con el divorcio del perro Manfredo y la salida a escena de todas las porquerías que en veinte pútridos años de matrimonio se habían ido acumulando bajo  la alfombra nupcial. A esto se le unió la perdida de mi trabajo en la editorial en la que había estado dando el callo durante mas de diecisiete años por un reajuste de plantilla,...En resumen,  me quedó un poco de dinero, mucha mala leche que dar a diestro y siniestro, y sobre todo, unas enormes ganas de perderme en el último lugar del mundo hasta que se aclarasen mis ideas, y para ese fin ¿podía existir un lugar mejor que Algodonales, el pueblo de mi abuela? Llegué en mi pequeño coche tras perderme por las sierras escarpadas y rebosantes de vida una y otra vez, en un intento loco e infantil de recordar el camino por medio de la memoria genética heredada de mi abuela, ayudada por los retazos vividos, pero irreales, del viaje de mi infancia para recogerla y llevarla a nuestro lado. De todas formas, no me importó la posible pérdida de tiempo, porque el clima era magnifico; el anuncio de la  primavera había desatado todos los aromas del bosque y el paisaje relucía en mil tonos verdes, contrastando con las punzadas de color que regalaban las flores, mientras entablaban una pacifica pelea en la que rivalizaban en hermosura, jactándose de sus mil colores y  múltiples formas a fin de atraer la atención de los insectos que las llenarían de vida.

La casa de mi abuela era una casona de pueblo, pequeña y cuidada, blanca como la leche y con un tejadillo plano de un rojo fervoroso, que acababa en lo que me pareció una terracita cubierta de macetas. Desde el frontal se podía ver la puerta, de madera recia, y dos amplios ventanales, cubiertos por sendas cortinillas de ganchillo, que debían su origen a la artesanal labor de unas manos expertas.

Me gustó en cuanto la vi, y tomé la decisión de quedarme; la acomodaría a mi gusto y pasaría una larga temporada en ella.

Estaba intentando bajar las maletas del techo del coche, cuando sentí tras de mí, la llegada de unos pasos recios y seguros. Me volví y vi una figura masculina, que me miraba intentando descifrar lo que mis pensamientos ocultaban. Se presentó tendiendo una mano callosa y firme, llamándome por mi nombre y reconociéndome como nieta de la Libertera. Este apelativo me sorprendió, no sabía que tuviéramos un mote en el pueblo, pero el hijo del hombre que siempre se había encargado de cuidar la casa de la abuela me dijo sonriendo enigmáticamente, que tiempo tendríamos de conocernos y contarme el porqué de aquel nombre.

Como la casa estaba perfectamente acondicionada para quedarme en ella, decidí instalarme de inmediato e intentar con ello darle un nuevo giro a mi vida. Había traído de Madrid las pocas cosas que había conseguido arrebatar a la codicia del perro Manfredo, con ellas a mi alrededor me sentía bien ,por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo a medianoche tuve la primera pesadilla en aquellas tierras, a la que siguieron en las noches posteriores, como hermanas bien adiestradas, una por noche, cada cual peor que la anterior, aunque siempre con el mismo argumento:

"Me encontraba en aquella casa, era la misma, con pequeños retoques que la hacían parecer diferente; cuadros en las paredes de fotos de gente vestida de un modo extraño que yo no conocía muebles que me parecieron de un museo. De pronto, me daba la sensación de que estaba frente a un espejo, pero no era mi imagen la que me devolvía el reflejo del cristal, sino la de una chica joven de unos veinte años de edad, que se acicalaba, mesándose los cabellos negros y largos, pellizcándose las mejillas, y estirándose con cuidado la blusita bordada que llevaba sobre la falda ancha y larga. Al poco rato ,  se escuchaba fuera de la casa un silbido entonando una melodía, pi-piri.pi-piripiri-y la chica salia a encontrarse con unos fuertes brazos que la rodeaban...Pero antes que los amantes pudieran unir sus labios ,  estallaba a lo lejos una explosión seguida de gritos y raudos que parecían de disparos,...No lograba entender lo que el muchacho le decía a la chica, aunque veía como le entregaba lo que me parecieron un par de pendientes, que ella se guardaba a apresuradamente en un bolsillo de la falda, mientras corría hacia la casa. La figura del chico se perdía camino de lo que me pareció el centro el pueblo. Más tarde la chica, salía de la casa, corriendo hacia donde se había perdido el chico horas antes, sin prestar atención a que desde la casa la llamaban los gritos desesperados de una mujer !Adela, Adela! la llamaban en la noche, pero ella no frenaba su carrera, que la llevaba hasta el centro mismo del pueblo . La imagen que tenia ante sus ojos era aterradora; las calles estaban llenas de soldados vestidos con el uniforme francés, (lo reconocí rápidamente por los grabados y pinturas de Goya), enarbolaban banderas tricolor y chapurreaban un español trabajoso, diciéndole a gritos a los vecinos que se rindieran, o “los martirian como a pegdos”. Más de una vez estuvieron a punto de atraparla, pero siempre la valentía de algún vecino la socorría en el momento justo, aporreando al francés de turno, que quedaba inconsciente, permitiéndole así continuar su marcha. La gente del pueblo libraba una batalla con hoces ,cuchillos de cocina ,palos recogidos en la sierra, hachas,...cualquier utensilio era válido para liberar al pueblo del dominio de los barbaros... mientras el ejército francés se veía bien equipado y deseoso de derramar sangre española que osaba combatir contra el mejor ejercito del mundo...Entre una enorme humareda consiguió vislumbrar una casa grande, blanca, en una plazoleta, a traspiés se dirigió a ella, pero no pudo acercarse porque de sus ventanas salían grandes llamas y la gente que luchaba dentro intentaba en vano impedir que  el fuego los abrasara , los que conseguían salir se encontraban con que la casa había sido rodeada por un flanco del ejercito francés, que los esperaba  bayoneta en mano para golpearlos y capturarlos . Pudo reconocer desde lejos a Francisco con su camisa blanca manchada de sangre, mal tirado a la puerta de la casa. Incluso en el suelo, sangrando y siendo apaleado cruelmente por un capitán francés, seguía escupiendo su odio y orgullo en la cara a los invasores. Las lagrimas de dolor se unieron a las lagrimas de rabia, e intentó a cercarse a ellos, pero unos fuertes brazos la retuvieron y lucharon contra sus ganas de morir al lado de su amado, para llevarla lejos de allí, cargada sobre una espalda fuerte, transportada a saltos como si se tratase de un fardo, mientras a lo lejos resonaban los disparos, los gritos de los inocentes y el crepitar del fuego..."

No podía olvidar aquellas escenas que se repetían noche tras noche e indagué por el pueblo, así me enteré de la matanza cometida por los franceses durante la guerra de la independencia, pero aun no tenía claro quién era la chica y por qué se me aparecía en sueños. Tan desesperada estaba que decidí excavar el jardín en un presentimiento tan fuerte como absurdo, de que ahí encontraría la respuesta a mis dudas. Casi cuando todo el jardín estaba levantado y los vecinos empezaban a mirarme como un bicho aun más raro, hallé una pequeña cajita de hierro completamente oxidada, que solo con el roce suave de la brisa se caía a pedazos. El hombre que me había recibido a mi llegada, al que avisé de mi hallazgo por teléfono, me ayudo a abrirla y sacar su contenido. Estaban dentro de ella los pendientes que vi a la chica guardarse antes de los disparos y las explosiones, unos antiquísimos corales engarzados en oro, acompañados como fiel mortaja por una pequeña libreta en la que Adela había apuntado los días en los que tras la huida de Algodonales el 2 de mayo de 1810, encontró un hogar y unos amigos en lo más escarpado de la sierra con Cristo, el guerrillero que la había salvado y sus bandoleros. Allí tuvo al hijo de Francisco Jiménez , al que llamó Francisco el libertero, ,al que al poco de nacer y para su seguridad, dejó al cuidado de una mujer en el pueblo para seguir combatiendo hasta expulsar al ultimo francés de suelo español, como había jurado a la muerte de su amado.

Y por último, pegada por el tiempo y teñida de amarillo, estaba una carta de su puño y letra en la que decía:

"Nunca descansaré en paz hasta que mis restos acompañen a los de Francisco Jiménez,  al que amé y amaré por encima del tiempo y la razón".

Firmaba como “Adela la Libertera”.

Mi amigo y yo buscamos su cadáver durante días, hasta que en una tarde soleada de primeros de mayo, apareció un pequeño esqueleto que conseguimos trasladar al cementerio, para,  usando los permisos oportunos,  enterrar junto a  Francisco Jiménez, muerto por la independencia y libertad de su tierra.

Desde entonces llevo con orgullo mi mote de Libertera , al mismo tiempo, que lucho cada día para honrar la memoria de una mujer valiente que creó mi familia , gracias a  su coraje, esfuerzo y arrojo, y a la que debo mucho más que el nombre que procuro llevar con la dignidad que se merece, Adela, de la que aprendí que existe en cada uno de nosotros una fuerza interior que nos ayuda a luchar por la vida y la libertad de nuestro pueblo, por lo que perdimos y por lo que deseamos hallar.