viernes, 6 de abril de 2018

CLARA Y OSCURO FINALISTA DE PREMIO CAROLINA PLANELLS VIOLENCIA DE GÉNERO


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La tarde se vislumbraba -a través del cristal -azuleada y tranquila. Los nubarrones que en la mañana habían oscurecido el cielo, habían desaparecido danzando al compás del viento de levante.                                                 Los árboles vibraban con sus embestidas levantando las ramas y encorvando las cinturas.                                      Las hojas viejas, abandonadas y vencidas, derrotaban sin encontrar puerto al que acogerse.                                          La gente paseaba con la tranquilidad que da el tiempo de sobra, deteniéndose en los escaparates y punteando los pasos en el adoquinado de la avenida.
Los coches, levantaban la voz de sus bocinas exigiendo el paso o clamando por un semáforo en verde que no era inmediatamente traspasado.                                                                                                                       En “Freehair” la música de fondo competía en avanzadilla con el clamor de los secadores y la conversación de las clientas. No se podía oír casi nada, aunque tampoco importaba. No se iba a la peluquería a hablar sino a arreglarse el cabello, al menos, eso se pretendía.
-Se ha puesto buena la tarde ¿verdad?
Miró a esos ojos verdes que la estudiaban detenidamente para contestar cortésmente con un “sí, menos mal, yo ya creía que llovería”
La de los ojos verdes le sonrió con dientes perfectos y labios enmarcados en coral, en un coral tan cobrizo, que deseó ser menos tímida para preguntarle dónde se lo había comprado. Siguió ojeando la revista, feliz de tener algún rato para si misma. Pasaba las páginas sin enterarse de nada ,solo caras conocidas sonriéndole amistosamente, gente que enseñaba sus casas o sus almas en titulares de colores, desprevenidos besándose a la luz de una farola o manos que se perdían al amparo-eso creían ellos-de la impunidad.
-Dan mucho que pensar ¿No es cierto?- sonó a su lado de nuevo la voz gatuna.
La miró de perfil, extrañada de que hubiera expresado tan bien lo que estaba pensando en ese momento.
-Ji- resopló, asintiendo aún sin ganas.
-La vida es extraña casi siempre- continuó su interlocutora, a pesar de su evidente desgana por seguir con el tema- o es que nosotros nos gusta complicárnosla... A Clara se le vino inmediatamente a la cabeza la imagen de Juan, de sus ojos negros de espesas pestañas, su nariz ancha y su frente despejada. Sintió como una punzada dentro de sus entrañas naciendo ese fuego antiguo que revivía ahora como si jamás se hubiese apagado.
-Todos tenemos una historia que contar, lo que pasa es que la mayoría la callamos...-seguía la voz gatuna en su conversación con el techo de la peluquería.
Clara se calló que la suya era demasiado humillante para ser jamás contada en una banal charla de entre turnos de peluquería.
-Señoras, dijo una de las chicas de bata blanca acercándose a ellas, ¿a quién le toca?
La gatuna se apresuró a cederle el turno que Clara sabía bien que era suyo, pues cuando llegó nadie se sentaba en ese sofá de espera al lado de la encristalada puerta más que ella. También era cierto que antes de que pudiera darse cuenta- de cuándo y cómo había llegado- ya estaba allí esa mujer bien vestida y mejor maquillada a la que parecía  no hacerle falta ningún arreglo y menos aún el de sus sedosos y negros cabellos.                                                                                                                                                             Pensó en relajarse en esos minutos -en que manos alquiladas lavarían y peinarían su rebelde pelo- cerrando los ojos para extender su cabeza hacia atrás al contacto del agua caliente y la cubeta tras la cual la chica que hasta allí la había conducido se disponía a empezar su trabajo. Pero antes de que la dicha fuera lograda la voz gatuna  resonó de nuevo a su lado. El perfume que ya le empezaba a ser familiar se le introdujo violentamente por sus fosas nasales trayéndole recuerdos que creía tener tan olvidados como el día de su nacimiento.
-De nuevo juntas. Bien- sentenció a pocos centímetros de ella.
Su cuerpo estaba al lado del suyo, los antebrazos casi pegados por la estrechez de las butacas donde se procedía a los lavados de las cabezas, las piernas cruzadas para evitar un contacto más íntimo y a su pesar ese aroma, esa frialdad de la desesperanza tan presente como si la estuviera mamando. El agua fría cubriéndole la cabeza por entero la llevó a un estado de tranquilidad absoluta sin sentir siquiera la disculpa de la chica por su error, solo dejándose llevar por esas manos que le masajeaban sienes y nuca frotando mientras charlaba con la compañera de al lado, la encargada de atender en esa misma tarea a la gatuna. Las escuchaba parlotear de las fiestas que se acercaban. Sonreía sin darse cuenta haciéndose participe de sus ilusiones de jovencitas…                                                                                                                             -Esos zapatos, sí, los que te conté ayer, los que le pegan al traje de fiesta, no esos no, los otros, sí, esos decía una de ellas, ordenando a la otra que se inclinaba para sacar de abajo de los lavacabezas una caja de cartón que entre papeles de sedas guardaba los zapatos de Cenicienta.                                                                         -Es que es tan guapo que cuando lo veo casi me dan ganas de echarme a llorar-decía la otra, hablando de su último ligue sin parar por ello de frotar los cabellos.                                                                                              -No, eso sí que no, le he dicho que se espere a la noche de fin de año que entonces será- afirmaba la del cabello de color mostaza-¿Tú crees que esperará?-le preguntaba aguantando el cabello de Clara fuertemente en su mano derecha esperando la respuesta de la otra.                                                                       -Y qué remedio le queda- le contestó su amiga.                                                                                                            - Pues irse con otra- concluyó tranquila.                                                                                                                          - Serás bruja- se rieron ambas con la suavidad del ronroneo de la juventud. Con sus voces de canción de cuna soñó con Juan y su noviazgo. Lo vio como hacía tanto que no lo recordaba, fuerte y cabal, atento y soñador buscándola a la puerta del supermercado donde ella trabajaba. Llevándole flores y bombones de licor de frutas que sabía cuánto le gustaban, paseando a lomos de su moto vieja tan libre y rápida como el viento. Estaba casi dormida cuando el grito estalló en su cerebro. Abrió los ojos rápidamente creyéndose de nuevo en mitad de una pesadilla, al igual que cuando estaba más tranquila siempre parecía encontrarla la desgracia de nuevo para cebarse en ella.
-¡QUE TE PASA¡, !PERO DÍMELO ¡-gritaba a sus espaldas la chica que hasta hace unos segundos frotaba vigorosamente su cuero cabelludo, mientras escuchaba las razones por las que su amiga había decidido esperar hasta el fin de año para acostarse por primera vez con su novio.
-¡MIS MANOS,MIS MANOS¡-decía la otra chica, la del pelo color mazorca de maíz, con lágrimas que le corrían por la cara.
Clara pudo ver como las manos le sangraban, como la chica palidecía a su sola visión, como los ojos se le nublaban y su cuerpo cedía yéndose contra un suelo que no estaba allí para recibirla con amor.                        Corrió cuanto pudo para ayudarla, apartando de malos modos a su amiga que solo gritaba histérica sobre ella sin hacer nada, metida entre voces que se interrogaban con curiosidad y manos que no se prestaban a intervenir. Debió gritar para hacerse escuchar y que así pidieran una ambulancia, pues no sabía cómo ni por qué la chica presentaba esas lesiones. Tampoco le daban sus pocas lecciones de auxilios, ni su mucha experiencia en descalabros para conseguir detener esa gran  hemorragia.                                                               Llegaron los de urgencias con prisas de vida y experiencia de pasadas muertes. La atendieron con presteza aún asombrados, pues nadie supo explicar cómo se había hecho tales heridas. Se la llevaron aún inconsciente tendida en la camilla, toda palidez de cera virgen.
-Bueno ya es hora de que nos terminen de arreglar el pelo, ¿no crees?- Le sonrió la gatuna relamiéndose a su lado, con su acento de película en blanco y negro.
Clara sintió en sus huesos la frialdad de las noches que esperó a Juan hasta la amanecida. Volvió a llorar sus ausencias y sus idas. Le pincharon nuevamente los celos. Se dolió con las fatigas para llegar a fin de mes, las broncas, las miradas comprensivas o despreciativas de los vecinos, las escenas en cualquier parte, el pedir a fiado, el escuchar a su madre el ”yatelodijequeeraunmangasverdebuenoparanada”. Revivió en ese instante que le pareció de siglos como el enamorado que la cortejaba todo amor y buenas maneras, el marido fiel y cariñoso de los primeros años se transformó en un extraño que mentía y traicionaba, un ser abyecto que solo vivía para engañar y burlarse de todo lo bueno que había hecho nacer en ella. Pudo recordar doliéndose en cómo tuvo que arrancarse aquel amor malnacido de las entretelas del alma, cómo lo lloró hasta matarlo ahogándolo en su propia hiel.
-¿Quiere que la siga arreglando ,señora?-sintió a su lado una vocecilla compungida que la hizo retornar a la realidad de unos focos que cegaban, unos murmullos apresurados, de ganas de saber lo extraño para no acordarse de lo propio, de lo que nos espera pacientemente mas allá de la puerta acristalada de la entrada de una peluquería.
-Si, por favor- contestó con un hilo de voz. Siguió a la chica dócilmente hasta uno de los sillones forrados en skay rojo brillante para -sentándose en él afirmando los pies en la peana que salía del mostrador, sellándose a la firmeza del suelo-contemplar su cara y notarse pálida y asustada como en otros tiempos.
Fue esa cara de sobra conocida, solo que ahora sin moratones ni cortes, sin hinchazones ni sangre reseca, la que le trajo al presente la primera bofetada, de izquierda a derecha, labio partido ,cabeza suelta. La primera paliza por nada, que la misma nada se converge con la mala suerte para tirarte de cualquier forma en el suelo de la cocina, medio inconsciente, medio desnuda. Cuántas veces el amor fue profanado disfrazándose de deseo, cuántas miradas de desprecio, cuánto asco contenido, cuánta rabia suelta.
-¿Quiere que le corte y le dé forma a la melena, señora?-la despertó la voz de la chica.
Asintió a la carilla de niña grande que la miraba desde la luna del espejo, demasiado preocupada y confusa por todo lo que había pasado para fijarse en aquella señora que tan pronto había acudido al lado de Cristina.
”La pobre Cristina que la semana que viene iba a ocupar el puesto de Pilar que se iba de viaje de novios. Qué suerte la de ella, y qué mala suerte la de Cristina ahora que lo tenía tan cerca y con ese novio tan guapo que venía a recogerla todas las noches, pasarle esto. Alguien tendría que decírselo a él, ¿por qué no ella?”
-Perdóneme un momento señora, que ahora mismo vuelvo- le dijo con esa vocecita de niña buena.
-Esta va a ponerse a la cola- sonó a su lado la voz gatuna.
Estaba nuevamente allí, estaba vez a medio metro a la derecha entronada en un silloncito idéntico al suyo, frente a un mostrador y una luna que reproducían su imagen con duplicidad perfecta.
No había reparado en ella desde el accidente de la chica, aunque mirándola detenidamente le seguía pareciendo una señorona de esas que cuando van por la calle todo el mundo se para a observarlas por el buen porte y la distinción que gastan. No tiene nada que ver con la ropa que lucen sino con el estilo con el que nacieron. Incluso con el cabello suelto y mojado seguía siendo hermosa con sus ojos verdes ennegrecidos por el lápiz y aumentados por las sombras grises, los labios en forma de corazón perfecto como las muñecas de los dibujos animados y el mentón afilado y decidido como el filo de un puñal.
-¿Me decía?-le preguntó no enterándose de lo que la mujer le había comentado.
-Que parece feliz, como si le hubiera tocado la lotería- dijo la gatuna entrecerrando los ojos.
-Pues ha acertado- confesó Clara- porque después de mucho tiempo parece que las cosas me empiezan a salir bien.
-Un nuevo amor, sin duda- aseguró la gatuna.
-Todo lo contrario uno muy viejo- le confió Clara riendo como una jovencita.
La mujer se llevó las manos a la cabeza como si una improvisada jaqueca hubiera venido a enturbiar su sonrisa perfecta y la luz de sus ojos.  
-¿Se encuentra mal?-le preguntó presta Clara, con un susurro de voz.
-No que va, es solo un malestar pasajero, enseguida se pasa- le contestó mirándola con sus ojos verdes relamidos como un gato ante un ratón.
-Te gusta preocuparte por los demás, verdad, y eso te hace ser una victima, lo sabes, verdad- afirmó como preguntando.
Clara no sabía que responder a aquello pues sus buenas maneras y su poca paciencia estaban a punto de quebrar. Antes de ello ,imponiéndose a todo, renacieron del olvido las muchas veces que Juan la sonsacó y persiguió con sus excusas y lamentaciones; Las paces a medias seguidas de las grandes broncas, el “no lo haré más te lo prometo, que voy a ser para ti el marido que tú te mereces “como intermedio entre una y otra infidelidad, entre una mentira y un embuste; Las noches interminables de esperarlo levantada sin poder dormir, para verlo llegar de amanecida borracho y sin dinero. Después siguieron tras la separación y el “hasta aquí llegamos Juan, que no puedo vivir así que no soy ni persona”, cogidos de la mano a los muchos días huyendo de él, de sus pasos de muerte que la perseguían para acabar con ella. “Tú eres mía, solo mía, ¿aún no te has dado cuenta?”.
-¿Se lo escalono y peino liso, señora?-la devolvió a la realidad la voz de la joven peluquera.
Miró de nuevo y esta vez vio la cara de niña grande, que la estudiaba pensando que seguramente esa señora tan delgada y nerviosa había tomado algo antes de entrar alli, desconfiando de ella a pesar de haber ayudado a su amiga.
-Si por favor- contestó, intentando aparentar tranquilidad.
“No voy a pensar más en él. Está muerto, muerto en mi vida y en mi corazón. No es ni siquiera recuerdo”- le prometió mentalmente al espejo que le devolvió sus ojos asustados y sus labios temblorosos. Más allá, a la derecha, la sonrisa gatuna de complicidad que parecía reírse de sus buenos propósitos.
Mientras las tijeras y las manos expertas hablaban a su cabeza pensó que no se dejaría influir por nada, ahora tenía a su lado un buen hombre que la amaba y comprendía. Había sabido buscarse un trabajo y hacerse respetar en él. La vida le sonreía. Por qué iba a amargarse con las cosas pasadas. ¿No era cien veces mejor dejarse adormecer mentalmente por el sonido de fondo de los secadores, sintiendo su cabello acariciado por expertas manos, las puntas segadas por el filo de la tijera, adormeciéndola, las puntas cegando la vida de la rebeldía, cris cras, otra menos, así mejor cortadas ,cris cras...cortadas ...?
-¡TE CORTARÉ EN DOS Y DESPUES TE DARÉ DE COMER A LOS PERROS!
De un salto se levantó, quedando reflejada en la luna del espejo su palidez y miedo. La voz le  había sonado tan cerca. El filo del cuchillo brillaba ya tan pegado a su cuello que se tuvo que morder los labios hasta hacerse sangre para entrar en razón y comprender que solo había sido una vieja pesadilla que retornaba. Voces malas, perdidas en el tiempo, que se niegan a morir en el recuerdo y que nos atormentan en vida.                                                                                                                                                                    “Hay cosas malas por ahí sueltas, mi niña”- le había dicho su abuela. Pero ella, intrépida y atrevida, jurando no tenerle nunca miedo a nada ni a nadie, se había reído con esos” cuentos de vieja”. Ahora intentando sobreponerse, mirando fija al espejo para no ver las caras que la espiaban desde todos los ángulos con la carne de gallina a pesar de la calefacción.
-¿Se encuentra mal, señora, le he hecho algo sin querer?-le preguntó asustada la joven peluquera.
-Nada, nada, perdóname, y por favor termina cuanto antes.
Cuando la chica continuó- dando por terminado el corte y tomando el secador para darle definitiva forma a su melena- se obligó a pensar en Matías, en lo bueno y comprensivo que había sido con ella. Ya desde niños, después de muchachillos y más tarde, al saber como Juan la perseguía por todos lados tras la separación.
”Yo te mato “le había jurado el que ya no era su marido, “yo te mato como te vea con otro, que tú eres mía, mía nada más”. Pero ella le había hecho frente. Había echado para adelante como le enseñaron sus mayores. Había levantado la cabeza y juró por su vida que nadie más que muerta se la haría bajar.
-Eres una mujer valiente- le dijo Matias, al volver a saber de ella y de sus cosas.
-Solo soy una más- le contestó ella entre azorada y molesta.
-Bueno en todo caso, una más de las mejores para mí.
Ella se rió como hacía tiempo que no lo había hecho porque tenía demasiadas ganas de reírse y ser feliz, de olvidarse de que un perro de presa humano seguía tras sus pasos un rastro de sangre aún no derramada, de ser una chica más de su edad y no una vieja temerosa de todo y todos, siempre huyendo asustada de hablar y pensar por sí misma.
Él le ayudó mucho. No con cosas, ni con acciones sino estando allí a su lado, esperando a que ella se recuperase de su herida lentamente, sin empujar al tiempo. Pero la que más la ayudó fue Clara, esa mujer que llevaba dentro de ella y que quería ser libre a toda costa aún de su propia vida.
Clara, la valiente, la decidida, la que Juan intentó matar con sus gritos y rabias, con la fuerza de sus puños y la rotundidad de sus imposiciones.                                                                                                                            “No tú no trabajas fuera de casa”, “Qué dices que vas a ir a dónde “- la impulsó a dejar atrás todo lo que siempre había creído desear, un piso a medio pagar, sus muebles, su marido, su vida, para encontrar su propio camino, un sendero que la guiara de nuevo a la felicidad.
-Pero la vida no es facil, ¿verdad? - le interrumpió el curso de sus pensamientos la voz gatuna.
La miró fijamente, casi con descaro, percibiendo la soberbia que se perdía en sus ojos, la rotundidad de sus labios ahora tan cerrados que en vez de coral parecían rojo sangre. Supo con la misma certeza que un día moriría que él estaba cerca. Juraría sobre la tumba de sus padres que solo pensarlo la vio sonreir, que sus labios se abrieron como los pétalos de una flor para asomar dientes negros tan podridos que el hedor cerca de ella debería ser insoportable.
-Ya he terminado, señora, ¿le gusta cómo le ha quedado?- le preguntó la peluquera ahuecando su cabello con las manos.
Asintió de cualquier forma, intentando componer una sonrisa que quedó en mueca.
Ni siquiera la miró cuando le quitaba la bata blanca que la protegía de su propio cabello, sino que la siguió como un zombi espiando de reojo a la gatuna que fumaba a pesar de la prohibición, expeliendo el humo con evidente placer.
Pagó sin enterarse de lo que le cobraban más preocupada por llegar a casa de una vez, cuando tras la cristalera -que formaba la puerta justo detrás de la foto de una chica con una melena al viento- vio pasar una sombra fugaz con ojos de loco y manos afiladas en cuchillas. Supo que él la buscaba, porque el monstruo estaba suelto.
“Estaba en la cárcel, estaba en la cárcel”-se repetía dejando correr sus lágrimas libremente como un cauce seco que de pronto vuelve a recuperar el curso normal de la agonía.”Estaba en la cárcel y me juraron que me avisarían si salía”- se volvía a repetir mentalmente, parada como un armatoste en mitad de la salida de la peluquería sin dejar entrar ni salir a nadie, observada por todos en aquella entradita de casita de muñecas que conducía al salón de la peluquería.
-¿Le pasa algo, señora?-le preguntó la cajera saliendo de su mesita armada con ordenador y   
Caja para ayudar a esta clienta tan pálida y asustada.
Gritó con todas sus fuerzas cuando le vio entrar. Creyó en su nerviosismo que la puerta- al menos para sus ojos borrosos por las lágrimas- se abría lentamente como en una moviola. Pudo observar con claridad la mano derecha que siempre usaba él para los guantazos llevando medio escondido un cuchillo de buen filo que a pesar de sus llantos y protestas, “no Juan, no, por favor, no” fue a parar en la espalda de la cajera, obstáculo primero que encontró el hombre para llegar a su presa.
El anciano que esperaba a que saliera su mujer y la chica adolescente que leía una revista mientras llegaba su turno para entrar, se levantaron asustados sin saber muy bien qué hacer. Soltaron la revista y las llaves del coche con las que se entretenían pensando en cómo podrían salvar sus pellejos, sin poder dejar al mismo tiempo de mirar a la cajera que con la cara contraída por el dolor gritaba.                                                            La propia sangre derramada asusta más que cualquier otra cosa, como un animal herido de muerte.
-Y ahora te toca a ti, perra-la señaló con los ojos aún más desorbitados y ausentes que nunca.
Huyó hacia dentro de la peluquería como la rata asustada en que la había convertido él.
-¡Llamen a la policia, que venga la policía!- gritaba en su loca carrera.
Todo el mundo parecía ralentizado, absurdamente parado, ante aquella mujer con sangre de otra en las manos que pedía ayuda.
-¿Pero qué pasa aquí...?-salió al encuentro la jefa de peluquería, atrapándola del antebrazo con intención de frenar su carrera.
Ella intentaba desesperadamente zafarse, demasiado asustada para gritar otra cosa que no fuera,”ayudenme, por favor, ayúdenme”
Nadie parecía reparar en ese hombre loco que cruzaba el salón, en esa fiera rabiosa que ahora campaba de cacería. Solo ella lo vio acercarse y gritó con todas sus fuerzas:
-¡LLAMEN A LA POLICIA!
Cuando le dio la primera puñalada todo el mundo echó a correr. Los sillones, los lavacabezas, los secadores y las lunas de los espejos quedaron solos reflejando su impotencia ante él.
Solo ella-la gatuna- siguió allí observándolo todo con naturalidad, cómo si se tratara de un fotograma más de una película, como si ella fuera un insecto expuesto ante la veracidad de un microscopio sin sonreír ni fruncir los labios con apasionamiento, sino únicamente mirando como un profesional con total imparcialidad.
Mientras Clara se defendía poniendo las manos ante el cuello y la cara, recibiendo cortes que la desangraban y debilitaban, la joven Clara, la valiente, la decidida, cogió un secador abandonado y le atizó en la sien con él haciendo brotar el color de su sangre naciendo en la boca del hombre un nuevo insultó para ella:
-Te mataré, puta.
La joven Clara se rió con ganas y la gatuna y el hombre, como en un dueto improvisado la miraron asustados.
-Ya no me das miedo, cabrón, porque voy a acabar contigo. Te mataré cabrón, acabaré contigo- gritaba la joven Clara por sus labios.
Ella lo veía todo… Las caras de los pocos que aún quedaban allí asustados y sin intervenir, meditando entre su miedo y la cobardía de ver morir a una mujer sin hacer nada por impedirlo; Los gritos de algunos llamando para pedir ayuda; Las carreras para salir, los empujones y sobre todo el miedo que ella no sentía ya pero que veía reflejado en todo, hasta en la cara del hombre que la atacaba.
Entonces lo supo luchando con él por su vida. Intentando defenderse para que no la matara lo supo. Solo la temía. No era desprecio, ni maldad. No eran celos, ni locura como ella había creído, sino que desde siempre solo había miedo en él a que lo abandonara si veía más del mundo, a que lo superase si trabajaba o estudiaba,  a que fuera persona sin él y llegara un día en que no lo necesitara. Quiso decirle que solo él la había obligado a abandonarlo, solo su miedo y bajeza, pero sabía que como tantas otras veces él no la escucharía y siguió luchando.
Cayó al suelo recibiendo patadas en los pechos que la asfixiaron. En los riñones al intentar voltearse, privándola de la respiración. Las botas del hombre casi hacen que perdiera el sentido al hundirse en sus costillas.
Ya se sentía perdida del todo porque la voz de la joven Clara y sus ganas de vivir se habían apagado al ritmo de la sangre que enrojecía el suelo, cuando escuchó a su espalda:
-¡Detengase, Policia, Alto o disparo!
La voz le sonó a gloria. Elevó los ojos impulsando a su cabeza toda la poca fuerza que atesoraba. Se vio cubierta de sangre y lo vio a él, al hombre con el que se había casado con ojos de loco asustado y muerto de miedo.
El cuchillo temblaba en su mano, roja de la sangre ajena. Ya no se izaba como un mástil al viento en contra de ella, sino que se apoyaba suavemente en su propia garganta, cuando gangoseó confusamente;
-Si te acercas me mato, lo juró por mis muertos.
-Acérquese a ella y es hombre muerto- le contestó el policía tajante, apuntandole con su pistola-¿Me ha oído?, de un solo paso hacia ella y es hombre muerto...
El asintió soltando el cuchillo como si quemara, hincandose de rodillas, llorando e implorando:
-Yo no quería hacerlo, ella me obligó, yo no quería hacerlo...
Los policías le rodearon y esposaron, atendiéndola a ella rápidamente. Llegaron más pasos que se convirtieron en sombras porque sus sentidos se abotagaron y su mente se marchó a otra dimensión donde nacen los sueños. Vagó por allí perdida y confusa viendo la ambulancia correr hacia su salvación.
No podía recordar nada de ese tránsito más que le parecía flotar cuando escuchó la voz de Matías a su lado, ya en la habitación del hospital, acariciando suavemente su mano, llena de tubos y vendajes:
-Mi chica valiente, no te puedes dejar vencer, joder.
Le sintió llorar quebrándose el alma. Supo que su lugar aún estaba allí, al lado de él.
-Matías...-consiguió con esfuerzo musitar, levemente.
Y él se inclinó sobre ella, con lágrimas en los ojos y una sonrisa de sol naciente.


martes, 15 de diciembre de 2015

XVIII PREMIO INTERNACIONAL JULIO CORTÁZAR DE RELATO BREVE 2015 finalista

UN TIRO AL CIELO



"...Siempre supe que sería famoso, pues ya de niño se lo decía a los chicos y no pocos mamporros que me llevé por ello. Pero ve usted, finalmente, madre, me he salido con la mía, pues soy conocido en todas partes, siendo lo único que me pesa que la mala sangre de muchos, me hayan traído hasta aquí,  tan lejos de su cariño.
No crea que me olvido de las muchas cosas que hizo usted por mí. Pero ya ve lo que es la vida , a poco que crecí  , bien pronto que supe buscarme un trabajo  y enchaquetarme . Si no me la llevé conmigo  , no fue como dijeron las malas lenguas del pueblo ,  porque me mangoneara hasta hartarme ,  sino porque qué hubiera sido de usted en esta capital tan grande  ,  donde las mujeres de su edad están tan desesperadas por encontrar alguien que las dé un poco de cariño que son capaces de cualquier cosa . Que si yo le contara madre…Pero no , que ya debe saber por lo periódicos demasiado ,que a mi caso le han dado mucha publicidad. Mucho me debía de extrañar usted en aquella época que tuve  , que no paraba de trabajar,  ansiando que llegaran las Navidades y el verano para que retornara al pueblo . A su lado ,al calor de sus brazos y la hendidura de su cama, de pelo de borrego viejo . Me explicaba siendo bien chico ,que estaba relleno el colchón, de tiros al cielo, mientras me sobaba con lentitud , los testiculillos infantiles ,arrugados y fríos, que pronto se envelludarían con la llegada de la adolescencia  , para hincharse de deseo en cuanto la veía a usted quitarse la bata negra y desnudar sus carnes vencidas  , para meterse en la cama conmigo.
El psiquiatra de la prisión que viene cada poco a verme, me harta con sus teorías , para intentar explicarle, a la sociedad y a los familiares, de las que maté,  el porqué del asunto. ¿Sabe que más de uno dice que es porque usted abusó de mí? . Usted fue una buena madre . No crea eso que dicen que al monstruo lo alimentó usted de sus propios pechos  , porque yo solo he sido un enfermero de amor. Tal vez me pasé un poco , que no debía haberlas matado , pero me era imposible evitarlo , pues una vez en marcha la máquina que me impulsaba a actuar ,  ya era incapaz de parar  , hasta ver a la mujeres muertas entre mis brazos.
¿Y sabe lo más absurdo de todo?... Que digan que en cada una de las mujeres que mataba, la mataba un poco a usted. ¡Valiente idiotez!  , con lo mucho que yo siempre la he querido , que solo por ese cariño que me faltaba en la capital me busqué aquel trabajo por las tardes,  asesorando a señoras de su misma edad, que me entraban en su vivienda y en su vida, con amabilidad y confianza, abriéndome a la par las puertas de su casa y de su corazón.
Y de cada una de ellas me enamoraba, como siempre estuve enamorado de usted, y en cada una de ella veía su reflejo, sus carnes flácidas y sus pechos hechos al cuenco de mis dedos. Esa risa ronca, profunda,  cuando me frotaba contra usted y esa energía infinita, tan desacostumbrada en las muchachitas de hoy, que mismamente parece que con dar su juventud, ya han cumplido en el amor por entero.
No, no es cierto, que las odiara. Aunque tal vez mi cariño fuera desmedido. Pero ya ve, aún así, no me ha ido mal, porque con los compañeros de prisión casi ni me trato. Estoy alejado de los comunes y los que son como yo, evitan mi compañía,  al igual que yo evito la suya.
Nunca pensé que tuviera un problema, pues con los funcionarios me trato de igual a igual. No he llegado nunca a ser chivato ,  no por falta de ganas  , sino por temor a las represalias del que no tiene nada que perder , que aquí hay tipos que no saldrán nunca , mire usted si les puede dar igual o no que les sumen unos pocos años más por rebanar una nueva vida . Pero no es ese mi caso ,afortunadamente , pues debe saber  , madre ,  que por buen  comportamiento , buen hacer de mi abogado , al que no olvido , y las telarañas legales , en pasando unos tres años más  , estaré fuera de aquí , para retornar a mi antigua vida.
Ya me tienen incluso ofrecido escribir un libro, con alguien que me asesore. No se me asuste, que sabe bien que no soy malo en las letras y en la escuela era uno de los mejores. Pero dicen estos de las editoriales que para escribir y vender el libro,  que es lo que les interesa a ellos, se necesita alguien que tenga oficio, vaya usted a saber qué querrán decir exactamente con eso.
En fin, a lo que a mí me interesa, que me van a dar trabajo y dinero en cuanto salga de aquí. Que seré aún más famoso, pues ya lo soy un tanto,   y envidiado, y todo por no aguantarme las ganas de hacer felices a las mujeres de una edad y complacerlas en sus más mínimos deseos, por muy secretos e inconfesables que fueran.
Y es que yo la he querido y la quiero mucho a usted  , madre , que no se me va de la cabeza ni por un momento  y ahora que estoy en el patio escribiéndole esta carta mentalmente , como siempre hago antes de hacerlo por escrito , no me quiero callar nada ,  y sintiendo como estoy sintiendo el sol en los ojos cerrados , menos , porque de tan feliz que soy se me sube el calor a la cabeza y me entran ganas de gritar y asustar a los otros con los que comparto esta  media hora de asueto..."
-¡Mataviejas, eh, mataviejas!-se escucha un grito.
Siente el peligro a sus espaldas y ese instinto puramente primitivo, sin refinar, que siempre le ha acompañado, le hace darse la vuelta rápidamente, solo una décima de segundo tarde, para evitar que la piedra que le ha tirado Felipe Montés, uno de los reclusos más peligrosos, impacte contra su cabeza de rizos negros, llenando sus manos de sangre, al contacto con la herida.
El odia la sangre . La odia desde que puede recordar , por su olor dulzón y su tacto pegajoso  , y  jamás  , por pequeña que haya sido su víctima , pues solo con tres años ya asfixiaba a los gatitos que paría la gata de su madre , nunca ha derramado su sangre .
Medio mareado y temiendo desmayarse , ve acercarse a Enrique " el tiznao" y Daniel Mejías a su encuentro, y sabe que lo que siempre temió está a punto de llegar. Vienen a acabar con su vida, se les ve en los ojos de muerte que llevan. Grita como un poseso , como un cerdo sabedor de su destino y de que nada puede salvarlo , mientras recibe la primera de las puñaladas  , proferida con un trozo de sierra . Grita más fuerte, al cielo seco. Ve a los funcionarios , amenazados por Mejías con algo que no puede distinguir , retirándose a la seguridad de su caseta, donde se encierran .
-¡¡¡¡¡Hijos de mala perra!!!!!- masculla con saliva amarga.
Los demás presos hacen una rueda a su alrededor, gritando para animar al "tiznao", que le ensarta una y otra vez, con el trozo de sierra bien afilado...Se huele el miedo como si tuviera vida.
"...Madre, ahora que sé que voy a morir. Que nunca más nos veremos. Es por eso que quiero terminarle esta carta, aunque sea mentalmente,   mientras este animal, que mata con la misma saña que los depredadores, sin aprecio ni cariño, acaba conmigo ...
Ya sé que nunca volveré a su lado , pero no estoy triste , ni frustrado , aunque un poco sí ,  que ya veía mi nombre impreso en letras doradas en la estanterías de una librería . ¡Madre qué gusto! , no me lo niegue , escritor yo , yendo a las tertulias de la tele a sacar todos los trapos sucios y a las conferencias de prensa y todo lo que ya nunca veré ,  porque el gitano está sobre mí claveteándome con saña , embabándome la cara . Mira al cielo, mientras se para porque acaba de romper la sierra , al empujarla contra una de mis costillas, que ha estallado en el pecho, dejándome tan asfixiado y yermo como las mujeres que yo mataba.                                                                                      -Déjame ya - me dan ganas de decirle .-¿No ves que estoy muerto?
Pero él, sigue en su afán, estrangulándome , mientras que yo no siento ya nada, más que su ausencia, madre . Cuando se va dando cuenta de que la presa se le escapa, me alza un poco la cabeza con sus manos rudas y rojas de mi propia sangre , para decirme al oído:
-Te manda recuerdos la Susanita...
Y como un proyectil me llega al cerebro su cara pálida y sus carnes escasas . El azulón vahído de sus ojos y el deseo sin freno de debajo de sus faldas . Me hiere el orgullo  , pues jamás nadie entenderá mi muerte . Nadie comprenderá que no morí por la ley de la cárcel , ni por venganza de una hija , pues maté a la madre de Susanita . Pero fui antes amante de ella . No pudo perdonarme nunca , no ya que matara a su madre ,  sino que la abandonara a ella por los pechos flácidos , las carnes blandas y los deseos de una mujer completa , prefiriéndola a  una niña asustadiza. 
-Las mujeres no perdonan y una de ellas te dará la muerte, aunque yo no lo vea - me  dijo usted muchas veces, madre. - Siempre serás, Antoñito , un tiro al aire.

Y bien que me lo demostró  , cortándose las venas las primeras navidades que no volví a su lado , condenándome por siempre a vagar en busca de otras ,  que me devolvieran el calor de  sus pechos flácidos , sus carnes viejas , y la hendidura de su cama , colchón de borrego viejo.  

domingo, 13 de diciembre de 2015

PRIMER PREMIO DE LA REVISTA BARCO DE PAPEL ARGENTINA

LAS ALAS DE LA MARIPOSA

El sol brillaba cada día en Ciudad Jardín ,calentando la tierra con el calor de su aliento, envolviendo a las flores en su abrazo cariñoso y haciendo germinar las pequeñas semillas, llevando a sus tallos a fortalecerse,  trasformando el aire en un oxigeno puro y limpio que los animales gustaban de olfatear contentos, mientras pastaban o corrían.
La vida era tranquila para los habitantes de aquel pequeño paraíso de vida vegetal y animal , pues que todo era de una perfección y belleza inigualable.
Durante generaciones los padres habían criado allí a sus hijos y éstos -al hacerse mayores- habían hecho lo propio con los suyos.
Durante años las plantas habían nacido de pequeñas semillas ,que, con el calor del sol y la fina lluvia, se transformaban en hermosas flores, que daban alimento con el polen que nacía en sus vientres olorosos.
De estas plantas y otras muchas que nacían en Ciudad Jardín se alimentaban mamá coneja y sus conejitos, que vivían en una madriguera construida bajo un gran olmo, la señora gorriona con sus gorrincitos, que tenían su nido sobre una higuera salvaje, las trabajadoras abejas, que custodiaban con esmero la miel que producían en una colmena que colgaba de un ciprés y una familia de mariposas que libaba con placer el polen de un macizo de margaritas silvestres, antes de dejar sus huevos en las hojas de una hierbaluisa, que bailaba al compas de la suave brisa, muy cerca de allí.
Pero un día, justo aquel que los huevos de la mariposa se abrían, aquel en que el más pequeño de los conejitos iba a aprender a correr y el que la señora gorriona había previsto como el que sus hijos volarían solos por primera vez, el sol no salió, no emergió de la tierra como todos los amaneceres, resplandeciente y luminoso, alegre y dicharachero.
La señora coneja ,siempre tan buena madre, controlándolo las horas en que sus pequeñines debían comer, en que debían lavarse o incluso jugar, comprendió- solo echando una mirada al cielo- que algo terrible pasaba.
Fue ella, seguida por los cortos pasitos de sus hijos, quien despertó a todos los habitantes de Cuidad Jardín.
Bueno a casi todos, porque Lucas, la mofeta, se quedó en su madriguera bajo el musgo recostado y calentito, sin querer saber nada que no fuera alargar su sueño unas horitas mas. En cambio, la señora Flamenco, que vivía en un lago que enfrentaba Cuidad jardín, mirándolo con sus placidos ojos azules, sí que se preocupó porque decía -entre graznidos y saltitos- que si el sol no volvía a salir. ninguno de ellos sobreviviría.
Esas palabras sí que las entendieron todos, pues todos sabían que dependían del sol para hacer crecer las plantas, que a su vez alimentarían a los animales con sus frutos, que a su vez reposarían bajo el calor benéfico del astro de los cielos.
-Bueno, entonces que todos estamos de acuerdo en lo importante que es el sol-dijo mamá coneja subida a una alta roca, para que desde allí todos la oyeran-creo que deberíamos hacer algo para averiguar por qué hoy no ha salido.
En ese momento desde una de las ramas verdes de la hierbaluisa se oyó una vocecita afinada e infantil que respondía a una pregunta no hecha:
-Yo iré a averiguar qué le ha pasado al sol
Todos volvieron sus miradas hacia la mata de hierbaluisa que en el contraluz de la noche parecía color verde oscuro, pero nada en la pasividad e inmovilidad de ella les indicaba que la oferta de ayuda hubiera salido de allí, hasta que vieron que una pequeña oruguita, fina y delgada como una bizna de yerba y del color parduzco de las hojas en otoño, se deslizaba por sus ramas comiendo un brote de aquí, una hoja de allá, mientras se dirigía hasta el suelo.
Todos estallaron en carcajadas, incluida la señora Flamenco, que, al estar sobre una sola de sus patas, hasta se cayó impulsada por la comicidad de que una inservible oruguita, el simple aperitivo de cualquier ave rapaz ,fuera tan osada como para creerse capaz de llevar a cabo una misión tan importante y delicada.
-Pero, hijita-le dijo con todo su desprecio, mirándola con sus grandes ojos, desde su altura-¿acaso crees que tan pequeña y débil como eres podrás averiguar qué le sucedió al sol para que no nos alumbrara en esta mañana?, ¿es que no te has dado cuenta de que no podrías volar, como haría yo si quisiera, hasta mas allá de aquella alta montaña donde sabemos que duerme el sol, para acercándome con cuidado de que no me abrasara con su boca de fuego, pedirle con humildad que saliera como cada día?
Uno de los hijos de la señora coneja, aquel que había heredado de su padre, un conejo de paso hacia tierras altas, un hermoso lunar marrón que le tapaba su ojo derecho, emborronándole su blanca piel, se atrevió, en su juventud e inexperiencia, a levantar la voz sin pedir turno para ello, diciendo;
-Yo la acompañaré ,señora, llevándola sobre mi espalda para que nada sufra ni tema.
 Ya la señora Flamenco estaba dispuesta a dar un picotazo en la cabeza del intruso, cuando desde la rama más alta del olmo, se escuchó otra vocecita alegre que decía:
-Yo también los acompañaré, que aunque aún no sé volar, seguro que en algo les podré ser de utilidad.
Fue mucho el revuelo que se armó en la comunidad y mucho el tiempo en que discutieron, gritaron ,sin llegar a ningún acuerdo, hasta que la señora lechuza, algo adormilada pues se había llevado toda la noche de vigilancia desde su alta encina, silenció las voces que se elevaban por el negro cielo para preguntar;
-¿Algún otro, aparte de estos valientes niños , quiere enfrentarse con el sol y pedirle cuentas sobre el porqué de su conducta?
Y todos agacharon los picos y las alas, las patas y las caras peludas, para que la mirada de fuego de la señora lechuza no los descubriese en su cobardía.
-De acuerdo entonces, estos tres valientes niños, se encargarán de descubrir los motivos para que hoy se durmiese el sol.
Y así ,en pocos minutos la señora coneja y la señora gorriona aleccionaron a su hijos sobre los peligros que podían correr y sobre la forma más adecuada de comportarse, aunque a la pobre orugita nadie le dijo nada porque no tenía a nadie que por ella velara, pues las otras orugitas que con ella nacieron se perdieron en la negrura de la noche, antes de que pudiera ver sus caras o escuchar el sonido de sus voces.
Juntos marcharon, el conejito dando enormes saltos, en la espalda la orugita y en la cabeza el pequeño gorrión, hacia la vasta y alta montaña donde se decía que dormía, durante la noche, el sol.
Fue un camino duro y largo en el que se contaron sus secretos y sueños, en el que estrecharon lazos que nunca creyeron poder compartir, pero sobre todo en el que se hicieron amigos, sin importarles las diferencias que había entre ellos, la especie a la que pertenecían o su color, solo mirándose por lo que se escondía en lo más profundo de sus corazones.
Cuando llegaron a la montaña, sintieron el frio de la soledad y la agonía de la noche, temieron por primera vez desde que comenzaron el viaje, sobre todo por los extraños aullidos que del interior salían y los alaridos y llantos que parecían de fantasmas.
Ya el gorrión y el conejito ,lloraban, queriendo regresar a casa, pero la oruguita, tenaz y obstinada, quiso seguir mas allá, justo hasta donde el sol se encontraba.
Al paso, les salió un águila que quiso llevárselos -entre sus garras- para que fueran la comida de sus recién nacidos aguiluchos, pero las voces, los lamentos y lloros que se hacían más potentes según a lo más alto trepaban, la hicieron desistir, como buena madre , yendo a socorrer a sus hijitos, a los que creía en peligro.
Por fin, llegaron a lo más alto, casi  a la cumbre, donde creyeron que encontrarían al sol durmiendo, pero cual no sería su sorpresa al hallarlo clamando, llorando y lamentándose, con grandes suspiros y gemidos.
Fue la oruguita , la que se acercó sin temer nada, fue ella la que consoló al gran astro, sin temer quemarse o causarse dolor, porque le importaba más la desdicha de aquel que su propia felicidad, siendo así como conoció las desgracias del sol, que decía no tener ni un solo amigo, vagar por los campos y villas, sin que jamás nadie le sonriera o se acercara a charlar con él.
Fue también ella ,con la ayuda del conejito-que daba saltos de emoción- y del gorrión-que alzaba por fin sus alas -quien le contó lo mucho que los demás animales y plantas le querían, como dependían de él para sobrevivir, para tener a sus hijos o para alimentarse.
Por sus bocas inocentes, supo el sol, lo mucho que se le apreciaba, lo amado por todos que era y lo equivocado que había estado.
Por ello, pidió disculpas, yéndose presto a iluminar el nuevo día, cabalgando sobre la aurora y filtrando sus rayos a través del manto negro de la noche.
Los animales y las plantas eran todo felicidad viendo al sol brillar de nuevo en los cielos, las plantas se estiraban para que sus hojas se impregnaran con su calor y los animales lo miraban con respeto y atención.
Los niños valientes regresaron a sus casas, el conejito enseñando las nuevas piruetas aprendidas junto al sol a sus hermanos y el gorrión dando lecciones de vuelo a los suyos.
Solo la oruguita se encontraba mal, sin saber porqué, sintiéndose con ganas de cobijarse en si misma, tejiendo un hermoso capullo, en la misma rama de hierbaluisa en la que había nacido y escondiéndose dentro de  él.
Cuando el sol supo por una de las águilas-aquella que más se atrevía a acercarse a su estela - lo que le había sucedido a la pequeña orugita, durante días enteros, no se apartó de su lado, abrigando con sus rayos , el pequeño capullo blanco que se balanceaba contento al compas de la brisa del oeste.
Hasta que una mañana, con la amanecida y el sol saliendo de entre los brazos somnolientos de la montaña, todos los habitantes de Cuidad Jardín vieron como el capullo se abría naciendo de él una linda mariposa, que estiró sus nuevas alas, para que todos las pudieran admirar.
-Son alas de oro-dijo el conejito, desde la puerta de su madriguera.
-Pero…¿cómo es posible, una mariposa así yo nunca antes la viera?-exclamó la envidiosa señora Flamenco, desde su privilegiada altura

Pero la orugita se echó a volar, sin importarle sus comentarios, porque lo único que deseaba -de veras- era unirse con su amigo del alma, con el que tantas horas de calor había compartido y con el que fue a estrenar sus nuevas alas de fuego, como el mismo sol.     

miércoles, 19 de agosto de 2015

PREMIO FINALISTA RELATOS DE TERROR DONBUK


 Y AHORA… ¿QUIÉN SE ATREVE LLAMARME CERDO?

 

Debo de ser un cerdo, porque siempre me han dicho lo mismo, “Eres un cerdo”, “Eres un cerdo”, hasta que me resonaban los oídos.                                                    Desde niño en el colegio…los oía , una y otra vez, en la cara, a mis espaldas, insultándome por los pasillos, en la biblioteca, en los recreos. Hasta delante del Director, que, quejándome yo de ello, me miró con cara de lástima y dijo para empeorar aún más la situación;

-Es que pareces un cerdo.
Y no sé si lo era o lo parecía. Pero sí sé que me tiraba más un bocadillo de tortilla que un amigo . Quizás, no lo sé ,porque nunca estuve en esa situación, pero si me hubieran dado a elegir entre mi madre o una enorme hamburguesa, cuando el hambre me hubiera apretado, lo mismo hubiera terminado, comiéndome la hamburguesa.                                                   Sí, ya lo sé, diréis vosotros también que soy un cerdo. No, si no me enfado, si ya sé que esto no tiene nombre, como lo de perder a la  chica de mis sueños, por no querer hacer régimen. O pasar de los amigos y los conocidos, a cambio de apoltronarme en un bar, a base de tapas y bocadillos.                                                                                Supongo que por eso, el día que pasó aquello, yo era el único que estaba en la biblioteca, encerrado a la hora del recreo, con un pollo asado traído de casa y media barra de pan crujiente, escondido, pertrechado y rebosante de felicidad, cuando empecé a escuchar chillidos…                                                                                        Os confieso, que, al principio, me importaron una misma mierda y que conste que uso este argot porque sé que estoy entre amigos. Pero es que en el instituto donde doy clases, de lo que sea a tarugos, que lo más que tienen ganas es de pasarse conmigo, llamándome cerdo, cómo no, y tirándome lo que encuentran a mano, a la cabeza, la verdad es que no conozco muchos a los que les tenga aprecio. Los compañeros, o pasan de mi, como dicen mis alumnos, o me miran por encima del hombro, como si mis 134 kilos, les pesaran a ellos y no a mi.                                                                         Bueno, el hecho es que ese día, que os cuento, estaba saboreando una alita del pollo , estrechándola con el paladar y meciéndola con la lengua, cuando empecé a escuchar chillidos…Ya veis, chillidos en un instituto en el recreo, ¡vaya cosa para sorprenderse!. Al cabo de un rato de seguir escuchando carreras arriba y abajo y de ver pasar al Director con la cara ensangrentada y uno de los bedeles persiguiéndole, como si estuviéramos en vísperas del día Halloween, ya me mosqueé un poco.                                        Eran demasiados chillidos, no como para dejar de comer el pollo, pero casi . La gota que colmo el vaso de mi perspicacia, fueron los golpes angustiosos en la puerta maciza de la biblioteca, donde me había pertrechado y la voz en grito de Susana, la profesora de religión, pidiéndome, más bien exigiéndome, en un lenguaje muy vulgar, que le abriera.                                                                                                                             - ¡¡Maldito cerdo de mierda!!- dijo su voz inmaculada.-¡¡ Ábreme de una maldita vez la jodida puerta !!                                                                                                                               Fue entonces, cuando me asomé por la ventana, que daba al patio y los vi a todos los que conocía... Los alumnos, los profesores, los bedeles e incluso algunos padres, corriendo como locos, de lo que parecía una plaga de locos , que estaban rodeándoles, para cazarlos como sabandijas y atacarles , comiéndoselos vivos.                                                                                                                                      Como estamos en confianza, no os negaré que la visión me dio incluso más hambre , porque tendríais que haber visto aquello …No sé lo que serían aquellas personas, pero ..con qué ansia y con qué gusto se deleitaban con la comida.                                                                                Tanto es así que me quedé atónito mirándolos, atrayendo la atención de uno de ellos, que gimió al ver mi oronda figura, asomada a la ventana . Gracias tuve que dar a la neurosis del director, que había soldado rejas metálicas a todas las ventanas, para prevenir incidencias, robos o desmanes, porque me brindaba una seguridad muy estimada. Si no hubiese existido, ese padre que creí reconocer como el portavoz del AMPA, con su bigotillo ralo y su voz de pito, que saltó como gamo loco y se encaramó a las rejas rugiéndome, me hubiera devorado.                                                                                                                El corazón me latía a cien por hora. El tiempo se hizo nada, agarrada mi mano a la alita de pollo , chorreando aceite hasta pringar todo el suelo.                                                   No os puedo decir cuantos minutos pasaron, desde que vinieron a buscar a la profesora de religión, que me maldijo, creo recordar en cinco idiomas, empezando por el arameo . Luego, se empezó a escuchar el silencio, para dar paso a una calma que me incrementó el hambre atrasada, doliéndome de no haber preparado más comida, para una eventualidad como aquella.                                                                                                                                            Si os diré que empecé a cogerles afecto, porque eran como perros bien entrenados a la caza y captura de comida. Al írseles acabando, al igual que me ocurría a mí, se volvían más frenéticos, más hostiles, arañando las rejas de las ventanas en las que se habían encaramado, a pesar de ser un segundo piso y golpeando la puerta, con sus manos manchadas de sangre ajena.                                                                                                    Al tiempo, empezaron a desfallecer, quedándose lacios, como marionetas sin dueño . Yo, en cambio, sentía una fiera interior devorándome por entero, que me hizo tomar una escoba y privarla de su cabeza, puntearla con un golpetazo de tacón , para ir en busca de comida, con la que sobrevivir, a lo que parecía una terrible epidemia.                      Solo fue salir, ya uno se me echó encima, derribándolo en el suelo, alzando una mano como en señal de paz, para que yo, con el tacón de mi bota, la aplastara, sintiendo el crujir de las falanges de los dedos que me recordaron al pollo bien asado.                                          Corrí ,como pude, con mis cientos de kilos, balanceándoseme la barriga, como una cestita sin relleno, hasta llegar a un pasillo largo, vacío, donde se veían rastros de sangre y piltrafas de carne por doquier, pegados a marcos, suelo , paredes y techo.                                                                                                  Eso, lejos de revolverme el estomago, enjugó mi sistema digestivo y empecé a salivar como un perro y fue entonces, justo entonces, cuando me lo encontré a él…                           Era el bedel borrachín y descerebrado, que siempre se metía conmigo, solo que ahora no tenía labios sobre los que verter la cerveza, porque algo o alguien se los había arrebatado, dejando al descubierto, unos feos dientes, llenos de sarro, en los que sobresalían cachitos de sonrosada carne.                                                                                                                           No sé lo que ocurrió conmigo, si fue su cara de idiota que me recordaba tantos malos ratos o fue mi hambre insaciable, pero me abalancé sobre él y empecé a morderle. El intentaba atraparme, pero estaba blandito como una madeja de lana desenrollada y en cambio yo, tenía fuerzas nuevas, que me nacían del olor que desprendía a comida en estado puro...Sangre fresca y vísceras desconocidas.                                                         Se me vino a la mente sus risas contenidas cuando entraba en el instituto, "Buenos días, Marcial", le decía yo respetuoso , que mi madre me había enseñado que los niños bien educados deben de portarse bien.                                                        Pero él se desternillaba de la risa, en cuanto yo pasaba, señalándome y haciendo gracietas que pasaban de él a los otros bedeles y después a los chicos que me coreaban el paso, cantándome..."Cerdo, eres un cerdo".                                                                          Una mañana, harto de aguantar,fui al despacho del director y se lo conté todo...Estaba echando balones fuera, cuando llegó la profesora de religión, Susana, casi tan gorda como yo, pero con tacones de aguja en los enormes pies.                                                       -Es que a veces , no digo yo que lo seas...- dijo con su voz enlatada en falsedad.-...Pero pareces un cerdo.                                                                                                   Estallé como un loco y les amenacé a los dos con irme a Consejería de Educación y buscarles la ruina, pero tres meses después y con una carta certificada en las manos, en la que me pedían datos y más datos, testigos y normativas, seguían llamándome "cerdo" cada vez que me veían.                                                                                         -Buenos días , Marcial- le dije, mientras le apartaba la cara con mi mano derecha, para verle las orejas delgadas y cartilaginosas, que mordisqueé hasta saciarme, primero con una y luego con otra. Luego seguí con los cachetes, luego con el pecho, para ir  saciando mi apetito con su cuerpo, dejándolo bien quieto en el suelo, luego de hacerlo…                                                                                                                         Durante horas después de aquello me sentí mal, porque la digestión de lo crudo no era precisamente a lo que mi estómago estaba acostumbrado. Medité mucho pensando en las consecuencias que tendría que los cocinase primero. Pero dado que la cocina quedaba en la primera planta que estaba infectada por ellos, creí lo más conveniente pertrecharme en la biblioteca y salir de vez en cuando a cazar.                                               Me tocó un día el premio gordo de encontrarme a Susana mirándome con su cara de voz enlatada, sin tacones, ni reglamentos.                                                                                               Me deleité en ella, como ella lo había hecho conmigo, desgarrándole los párpados y separándoselos de los ojos que miraban con desprecio.                                                                                              -¿ Ahora soy un cerdo?- le preguntaba mientras me la comía y ella gemía, por esos labios destrozados que le caían sobre la barbilla.                                                                                                      Mucho tiempo después, llegaron ellos y me descubrieron, escondido en el cuarto de las escobas, que era mi almacén de cuerpos mutilados.                                                             Tuve que hacer un gran esfuerzo para que no vieran lo que había allí dentro, porque supe que no lo entenderían. Nadie en toda mi vida me había entendido.                                                                                                                      No daban crédito a que hubiera sobrevivido. Era el único de todo el instituto, con más de 300 almas, que habían desaparecido, como si lo que ellos llamaban "la plaga" las hubiera hecho desaparecer.                                                                                                          - Es un ansia de comer que les lleva a cometer locuras, a matarse entre si, para devorarse y devorar a todo el que encuentran en su camino- me dijo un militar mientras me llevaban entre varios, custodiado con escudos y metralletas.                                                                 -Se cree que ha empezado aquí mismo- me dijo ese mismo militar subiéndome a un coche y llevándome hasta un helicóptero.-Pero se está desbordando porque es muy contagios... Solo te muerden ya te contagias y estás perdido.                                                                                                                                                               No quise contarles mi secreto. Ya lo sabrían ellos...Los primeros, esos, que ahora me llevaban en un helicóptero, hasta el hospital más cercano.                                                          - Sí , se sabe ya el origen del brote...-escuchábamos por la radio que llevaba el militar.-....Es una mujer de unos setenta años...Sí ha sido eliminada, pero ha infectado a ...                                      Entonces recordé cómo sabía de bien, a pesar de ser tan mayor.                                                                                   "Cerdo, cerdo", me había insultado antes de irme al instituto, por coger medio pollo asado y una barra de pan, recién horneado.                                                                          - ¡¡¡Ya estoy harto, mamá!!!- le dije empujándola contra el suelo, mirándole los ojos ahuevados y esas arrugas que le colgaban de los antebrazos.                                                  Fue en el primer sitio donde la mordí, con todas mis ganas. Un mordisco por cada insulto. Una dentellada por cada falta. Así sin darme cuenta, me marché feliz al instituto y me metí en la biblioteca, a comerme el medio pollo asado y la media barra de pan. Justo hasta que empezaron los chillidos y luego llegaron esos militares que sobrevolaban una ciudad que ya no era la misma porque la fiebre alimentaria había estallado y todos tenían el mismo apetito que yo.                                                                  Menos esos, que ahora miro con codicia de cuerpos nuevos, narices cartilaginosas, labios carnosos,caderas y muslos fibrosos . Mientras mi boca saliva de nuevo, como la de un perro, porque  ahora sé , por fin, porque me llamaban cerdo, justo , porque me como, hasta mis pensamientos.